Las tumbas de Macchu Picchu

Viendo una oportunidad, Núñez formó una corporación de cazadores de tesoro con el apoyo de los terratenientes locales. Esperando ganancias de la venta de cualquier oro inca hallado, cada terrateniente hizo un aporte, y pronto Núñez tenía tres mil dólares —más de setenta mil de hoy— para llevar a cabo su empresa 103 . Envió al teniente Cáceres y a un grupo de soldados e indios al Apurímac, donde le pagaron a un ambulante de ascendencia china llamado don Mariano Méndez para que cruzara los feroces rápidos con un cable de telégrafo. Los cazadores de tesoro usaron el alambre para jalar un puente tambaleante, y después agónicamente abrieron un camino a través del enmarañado laberinto de maleza hacia las ruinas escondidas entre las nubes. Era tan bello como esperaban, pero su búsqueda del tesoro fue infructuosa. Esperando oro y plata, los soldados usaron dinamita para abrir boquetes en las paredes, vaporizando todo menos la piedra y la tierra. Habían encontrado muy poco hasta entonces. Núñez exclamó que era muy afortunado de que llegaran Bingham y Hay. Como delegado estadounidense al Congreso Científico Panamericano e historiador, nada menos, Bingham seguramente sabría cómo excavar correctamente Choqquequirau, dijo Núñez, silenciando los intentos de protesta de Bingham. ¿Tomarían los estadounidenses otro desvío en su marcha hacia Lima y ayudarían al teniente Cáceres a realizar la prospección de la cuna de oro? Hiram Bingham lo pensó por un momento y, pidiendo disculpas, dijo firmemente que no. Pese a su epifanía en Sacsayhuamán, estaba apurado. Se sentía agotado y ansioso por regresar donde su familia. Nunca había leído sobre estas ruinas en particular, mucho menos sobre un misterioso refugio de los Incas y sus princesas. Todo sonaba muy similar a El Dorado, un prospecto que Bingham ya había rechazado antes sin pesarlo dos veces. Núñez quedó desconcertado. ¿Qué clase de explorador autoproclamado rechazaría tal oferta? Afortunadamente era un negociador hábil y se había guardado algunos incentivos adicionales: si Bingham y Hay visitaban Choqquequirau serían los primeros extranjeros en hacerlo, dijo. No solo eso, sino que el mismísimo presidente del Perú le había telegrafiado pidiéndole que hiciera un alto en sus excavaciones para que los estadounidenses pudieran ver las ruinas en un estado lo más cercano a su «condición original» como fuera posible. 78

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