Las tumbas de Macchu Picchu

modesto pero tan solo ligeramente menos terrorífico, suspendido unos pocos metros por encima del tormentoso río. Aguantaron la respiración y dejaron que las mulas los llevaran al otro lado. Un joven y pulcro peruano uniformado les dio la bienvenida al otro lado. Era un teniente de apellido Cáceres, y estaba encargado de escoltarlos hasta Abancay, la siguiente ciudad en su ruta. Cáceres era franco y amigable, y sus botones, botas y espadas brillaban en el sol. Hablaba rápidamente en español, bombardeando a Hiram y Hay con preguntas mientras pasaban por plantaciones azucareras adornadas con detalles de salvia azul y begonias rosadas. Pasaron una curva y se dieron con una multitud de veinticuatro sonrientes terratenientes y soldados. Dieron vítores y escoltaron a los honorables científicos estadounidenses a la pequeña ciudad, donde conocieron al prefecto de Abancay, un atento hombre de bigotes llamado J. J. Núñez. Los estadounidenses apenas se habían instalado en el club local cuando llegó Núñez, quien se sentó y empezó a contarles una historia de reinos incas, vírgenes del sol, fabulosos tesoros y los Andes, visibles desde el balcón detrás de él. Núñez se había mudado hacía poco tiempo a Abancay. Cuando llegó, oyó una historia que había estado circulando desde fines del siglo XVIII. A pocos días de camino hacia el norte, rezaba, había una ruina inaccesible en el pico de una montaña, la cual muchos creían había sido la última ciudad de los incas. Situada por encima del río Apurímac, esta ciudad alguna vez habría albergado a quince mil personas, pero se decía que sus habitantes más importantes habían sido las vírgenes del sol, las princesas incaicas dedicadas al culto solar. Al no ser descubiertas por los españoles, murieron ahí, una por una, llevándose consigo el secreto del más grande tesoro de su Imperio. El nombre del sitio, dijo Núñez, era Choqquequirau, palabra quechua que significa «cuna de oro». Muchos habían fracasado en sus intentos por llegar, dijo. Un funcionario local había organizado soldados y forzado a una legión de indios a ir a excavar el sitio sistemáticamente, pero les fue imposible escalar el último precipicio. Los pocos que cruzaron esforzadamente el río y ascendieron los 1800 metros de selva tupida quedaron tan exhaustos que no pudieron excavar. Regresaron con historias de «palacios, plazas empedradas, templos, prisiones y baños, que colapsaban bajo la exuberante vegetación tropical». 77

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