El ferrocarril trajo bienes, comercio y mayores avances tecnológicos al Cusco —una década después un aviador italiano sería el primero en volar de la ciudad incaica a Lima— pero también trajo ideas, una nueva sensación de «modernidad» y una de las influencias más grandes en la historia del Cusco del siglo XX: turistas 99 . Percatándose cada vez más de cómo los forasteros veían su ciudad, Valcárcel y sus compañeros empezaron a quejarse de su deslucida educación. Mientras Bingham tomaba el té con el rector de la universidad, los estudiantes estaban en las chicherías de la ciudad, discutiendo por qué la región estaba subdesarrollada. Muchos le echaban la culpa a los terratenientes y sus abusos hacia la población indígena. Otros culpaban a la complacencia de la élite y su falta de orgullo en el pasado. Cusco era «la única ciudad de América donde todos los tiempos y civilizaciones existen», Valcárcel declararía después, pero sus profesores mostraban poco interés por estudiar la historia de su ciudad con métodos «modernos» 100 . Lo que harían producto de su descontento, sin embargo, todavía estaba por verse. Valcárcel y su generación fueron «sin lugar a dudas, no solo la más brillante que el Cusco produjo en el siglo XX, sino también la más influyente», escribió luego un historiador101. A lo largo de las dos décadas siguientes ayudaron a formar el movimiento indigenista, que privilegiaba el estudio y protección de los indígenas y la historia incaica. Sus actitudes cambiarían la forma en que el Cusco miraría su propia historia, entendía su presente y se enfrentaba al futuro. Pero para inicios de 1909, todavía estaban aguardando la lucha que harían suya: una en la que cierto explorador tendría un importante papel. En su último día en la ciudad, Hiram y Hay se prestaron mulas del prefecto del Cusco y atravesaron las empinadas calles del norte de la ciudad. En los límites de esta, hicieron que sus bestias subieran una quebrada. Subían cada vez más, hasta tomar una última curva en el camino y atravesar una puerta de 3,60 metros de alto, hecha de enormes piedras. Detrás de ellos, el Cusco se extendía como un textil agobiado, los techos rojos cruzados por docenas de calles, así como por plazas grises y marrones. Y ante ellos se encontraba una de las más increíbles estructuras que Bingham hubiera visto: Sacsayhuamán, una fortaleza inca y complejo religioso de más de quinientos metros de largo. Tres enormes y zigzagueantes murallas, ubicadas como terrazas, que alguna vez habían protegido a la ciudad de sus enemigos. Cada muro estaba construido de 73
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