Las tumbas de Macchu Picchu

objetivo de la universidad era preparar a los hijos de la clase media-alta para caballerosas carreras en derecho. La visita de Bingham se dio durante las vacaciones, sin embargo. De haber esperado a que regresaran los estudiantes, quizá podría haber conocido a un estudiante universitario de diecinueve años llamado Luis E. Valcárcel, quien tenía una visión un tanto diferente de la universidad y de la ciudad que la rodeaba. Hijo de mercaderes que se habían mudado al Cusco a mediados del siglo XIX, la crianza clasemediera de Valcárcel le dio la comodidad para contemplar una carrera, más allá de los negocios. Era suficientemente apasionado e impetuoso como para haber sido retado a duelo dos veces en su juventud, pero también era un académico. Con espejuelos sobre la nariz y el cabello negro peinado hacia atrás, leía en todas partes —en el desayuno, en el baño, en la calle— y soñaba con una vida de estudio. Si su familia hubiera tenido suficiente dinero, quizá lo hubieran mandado a Lima, o incluso a Europa, para que estudiara con los grandes científicos de la época. En su lugar, lo matricularon en la universidad del Cusco. Pero la universidad no era el monasterio académico que Valcárcel esperaba. Él creía que sus profesores eran perezosos y que no se avergonzaban de cancelar sus clases. Eran estudiosos pero «sabían poco sobre los problemas de la región y sus habitantes»97. En solo cuatro años, Valcárcel y sus compañeros vivieron más cambios que los que sus padres habían visto en toda su vida, y él y sus compañeros de estudios tenían mayores ambiciones. Primero había llegado el telégrafo, y en 1905 la ciudad obtuvo servicio telefónico. Alrededor de la misma época, se fundó un segundo periódico semi-regular, El Sol, tan radical como era sobrio el más añejo El Comercio. En setiembre de 1908, después de cuarenta años de planificación, llegó la más grande innovación de todas: el ferrocarril. Valcárcel siempre recordaría cómo el chillido del primer tren —irónicamente llamado «El Conquistador»— se oyó en la ciudad, haciendo eco en las montañas aledañas98. Él y sus compañeros abandonaron sus aulas y corrieron a sumarse a la muchedumbre que vitoreaba en las vías, donde los vagones, guardafrenos e ingenieros —mayormente ingleses— parecían tan extraños, «un tanto como los marcianos de nuestra imaginación», escribiría Valcárcel más tarde. 72

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