«piedras colosales, algunas de 3,60 metros de diámetro». Las piedras más altas, hasta donde Bingham podía ver, medían 7,60 metros de alto. Casi no podía comprender cómo sus constructores las habían colocado. «Hay pocas vistas en el mundo que sean más impresionantes que estas ciclópeas murallas», escribió. Le hacían recordar a los enormes templos y bellas murallas de los pobladores del Pacífico, en las islas de Pascua, en las Carolinas y en Hawái. Había crecido oyendo sobre los complejos «paganos» sobre los cuales su abuelo prácticamente bailó. Pero mientras que su abuelo había disfrutado de su ruina, Hiram sintió algo nuevo: tristeza y asombro. Tristeza porque los habitantes del Cusco habían desmontado muchas de las murallas menores del sitio para usar sus piedras en la construcción de la ciudad. Pero asombro ante la belleza, solidez y grandeza de lo que quedaba. Sus padres le habían enseñado que a la gente nativa del mundo se le debía mirar con una compasión condescendiente; era tan solo después de encontrar a Jesucristo que se volverían civilizados. Sacsayhuamán y el Cusco, sin embargo, lo desmentían: evidentemente los pueblos americanos eran bastante civilizados cuando llegaron los europeos, y algo bello, y no patético, se había perdido cuando fueron subyugados. Como historiador, Hiram había estudiado a los revolucionarios que lucharon contra España. Ahora se preguntaba si se había equivocado de tema, si la verdadera lucha por América ocurrió antes, cuando los conquistadores chocaron con los incas bajo las murallas de esta fortaleza. Sacsayhuamán era «el más impresionante espectáculo de la obra humana que haya visto en América», escribió Bingham. Y quería más. 74
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