blancos, un cuarto indígena y alrededor de la mitad como mestizos 95 . Pese a que en las últimas décadas se había desarrollado una clase de mercaderes e industriales, la ciudad seguía pareciendo una pirámide cuya minúscula cúspide consistía de una clase mayormente blanca de terratenientes que viajaban constantemente entre sus casas aledañas a la plaza y sus haciendas en los valles cercanos. Su riqueza se había construido sobre la base indígena de la pirámide, los campesinos quechua hablantes que cultivaban el café, caña de azúcar, cacao, piñas, paltas, plátanos, papayas y la hoja de coca. En la ciudad cumplían las funciones de sirvientes, aguateros y porteadores. Eran prácticos y trabajadores, y pasaban largas horas junto a la creciente clase media en los bares, tomando chicha, la misma cerveza de maíz sagrada, ácida y espumosa que disfrutaban los incas. Para hacer sus necesidades se escurrían a las silenciosas, angostas y empedradas calles del Cusco, y usaban los angostos canales que iban por el centro de las calles, al igual que los incas. El tránsito no iba más rápido que el paso de un carruaje o recua de mulas. «Aparte de los festivales u ocasiones especiales, las calles lucían desoladas y calmadas, respirando una atmósfera apacible y letárgica», recordaba un cusqueño. Cada noche, los lampareros trepaban escaleras y apagaban el alumbrado a gas, disipando el brillo nebuloso y amarillento de la ciudad 96 . Durante los tres días siguientes, Hiram absorbió cuanto pudo del lugar. Visitó las muchas iglesias católicas de la ciudad, pero después las dejó por acariciar los muros incaicos en las calles. Buscando comprar souvenirs para su familia, regateó con las señoras indígenas de coloridos trajes. Evitó los desagües abiertos —consideraba que la ciudad era sucia— y fotografió las fuentes que supuestamente habían sido usadas desde tiempos de los incas. Visitó la plaza central de la ciudad donde, según le dijeron, los españoles ejecutaron a un revolucionario inca llamado Túpac Amaru. Bingham estaba fascinado por la antigüedad de la ciudad. No había otra ciudad en el continente que expusiera así la historia del hemisferio, tanto antigua como moderna. Hiram visitó la Universidad San Antonio Abad del Cusco, que se ubicaba al costado de la iglesia jesuita en la plaza central. Consideró a la universidad «un tanto escuálida en comparación con la iglesia» pero se impresionó por su antigüedad. Había habido una universidad en el Cusco desde 1598, «treinta y ocho años antes que Harvard». Se entrevistó con el rector, quien era amable, si bien un tanto somnoliento, y descubrió que el 71
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