Las tumbas de Macchu Picchu

de canales. Las doradas paredes del templo del sol del Ccoricancha tenían antorchas que alumbraban la ciudad con una cálida luz durante la noche. Ansiosos por ver lo que sobrevivía de todo ello, Bingham y Hay miraban por la ventana mientras su tren arribaba en la improvisada estación un cuarto de milla al sur de la ciudad. El prefecto del Cusco —el funcionario gubernamental más importante en aquel lugar de los Andes— subió a los dos honorables delegados del Congreso Científico Panamericano a una carroza. Sacudiéndose a lo largo de una «avenida mal mantenida» bordeada de alisos, Bingham divisó Santo Domingo, el monasterio que los españoles construyeron encima del Ccoricancha. El oro que alguna vez cubriera el templo del sol, lógicamente, había desaparecido hacía tiempo. Después de desembarcar en el Perú en 1532, los españoles fueron atraídos por la riqueza de la ciudad como las abejas al polen. Tal como dijo John Hemming, «El saqueo del Cusco fue uno de aquellos raros momentos de la historia en que los conquistadores desvalijaron a su antojo la capital de un gran imperio». Los indígenas lloraban mientras veían a los españoles derretir setecientas placas del Ccoricancha de dos kilogramos cada una, así como un jardín entero de plantas y animales de plata y un enorme altar de oro. El saqueo asombró incluso a los sacerdotes españoles. «Su única preocupación era recolectar oro y plata y hacerse a sí mismos ricos, sin pensar en que lo que hacían estaba mal y que estaban destrozando y destruyendo», escribió uno, «ya que lo que estaba siendo destruido era más perfecto que cualquier cosa que disfrutaran o poseyeran» 94 . Pero había un límite a la capacidad destructora de los españoles. Hiram podía ver que los edificios de la ciudad eran coloniales en sus exteriores: techos de lozas rojas, balcones de madera y paredes blancas. Pero cuando su carruaje se detuvo en la Plaza del Regocijo, notó un edificio al frente de su hotel: una enorme casa que había pertenecido a la familia del cronista Inca Garcilaso de la Vega. La fachada era colonial, pero sus cimientos, tal como los de muchos otros edificios del centro de la ciudad, eran incas: enormes piedras tan bien calzadas que ni siquiera un alfiler podía insertarse entre ellas. Cuando los terremotos tumbaban la mitad española de los edificios, sus cimientos indígenas permanecían en su sitio. Hiram y Hay despertaron a la mañana siguiente en una ciudad que solo recientemente se había sacudido del sopor del siglo XIX, un periodo durante el cual la riqueza y poder fluyeron desde las provincias hacia Lima y Cusco fue relegado al pasado. La población de la ciudad era de unas diecinueve mil personas, la cuarta parte de las cuales era identificada como 70

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