Pese a que en el largo plazo el gran perdedor de la guerra fue Bolivia, que perdió su salida al mar, la población indígena del Perú también sufrió mucho. Conformaban la primera línea del ejército y muchos desertaron y retornaron a sus pueblos, pues no deseaban luchar en lo que percibían como una guerra de blancos. Algunos se rebelaron contra sus comandantes, otros formaron sus propias huestes para luchar contra los chilenos, pero las élites costeñas del Perú los reprimieron y borraron de la historia una vez que terminó la guerra86. Tal como escribiera un historiador años después: «La mezcla de odio, desprecio y temor de los grandes propietarios ––blancos y costeños— hacia las clases populares sometidas a ellos —indígenas, chinos y negros—, era idéntica a la que los conquistadores españoles habían mantenido hacia el pueblo andino conquistado»87. Para recuperarse de la guerra, los partidos políticos de la élite peruana adoptaron una política de liberalización económica casi total. Compañías estadounidenses y británicas recibieron grandes concesiones para desarrollar la infraestructura, riqueza mineral y recursos naturales del país. El Perú una vez más era tema de discusión en Londres y Nueva York. Para 1909, la economía peruana se había estabilizado y sus élites disfrutaban del glamour de «La República Aristocrática». Para la mitad de los cuatro a cinco millones de indígenas peruanos, aquel influjo de riqueza cambió poco su estatus, o quizá hasta lo empeoró 88 . Las compañías estadounidenses tenían en sus minas sus propias fuerzas policiales, que vigilaban que la mano de obra indígena no huyera. El capital británico ayudó a financiar un boom cauchero en el oriente del Perú. Algunas tribus selváticas se beneficiaron del vibrante comercio de Winchesters, hachas y vidas humanas, pero otras tribus, especialmente en la región septentrional del Putumayo, se vieron esclavizadas, torturadas y asesinadas masivamente por empleados de las compañías caucheras. No obstante, existía esperanza. Desde mediados del siglo XIX, campesinos indígenas del sur del Perú se movilizaban periódicamente, rebelándose contra funcionarios gubernamentales y terratenientes. Otros emigraron a las ciudades para escapar del campo y mejorar sus condiciones de vida. Los trabajadores urbanos se vieron confrontados con ideologías radicales y formaron sindicatos, y en abril de 1911, por vez primera en la historia del Perú, organizaron una huelga. Dándose cuenta del peligro y de la oportunidad política, en 1909 el presidente peruano 67
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