Las tumbas de Macchu Picchu

enfermó después, y su hijo esperó a que lo dieran de alta antes de tomar el vapor y levar anclas para Sudamérica. Mientras Hiram estaba en altamar, su padre sufrió una recaída y murió. Pasarían meses antes de que Hiram se enterara, al darle alcance la carta en que su esposa se lo informaba. «No te acostumbres a vivir tu vida sin mí», subrayó ella 81 . Cuando se enteró, sin embargo, la reacción de Bingham fue privada y silenciosa. Tan solo podía seguir explorando. Los Andes eran su futuro, y su familia parecía hundirse en el océano detrás de él. Hiram Bingham se sujetó con fuerza mientras el carruaje de ocho caballos partía de Quiaca, un pueblo de frontera boliviano, y fue acelerando entre baches en el descampado de las alturas de los Andes meridionales. Hiram se aferraba del costado de la carroza, esperando no marearse antes de llegar al siguiente pueblo, aunque estaba satisfecho con estar enrumbado. Él y su compañero de viajes, un estudiante de Yale llamado Huntington «Coot» Smith Jr., habían tomado el tren en Buenos Aires y cruzaron las polvorientas pampas hasta llegar a Bolivia. Una vez en la frontera cambiaron su ropa citadina por ropa de montar, pero de poco les sirvió. En un sombrero ancho y poncho boliviano de lana, las limpias botas de Bingham y su estatura resaltaban aún más. En Quiaca, dos «anglosajones de ruda apariencia» se sentaron al costado de los hombres de Yale, sin ser invitados. En voz baja, pero con aire intimidatorio, empezaron a hablar de los asaltantes que asolaban los caminos bolivianos, «que habían huido de Estados Unidos perseguidos por la ley y el orden, y buscados a muerte en todo el mundo por los agentes de Pinkerton», el ejército particular de agentes que rompían huelgas y prevenían el hurto de las ganancias de las industrias estadounidenses82. Bingham y Coot se sintieron aliviados cuando llegó el siguiente carruaje. En el siguiente pueblo, Hiram y Coot se enteraron de que se habían librado de un peligro muy real. En efecto, los dos rufianes eran bandoleros, y probablemente eran cómplices de dos pistoleros estadounidenses que hacía una semana habían asaltado una carroza que portaba los salarios de una mina de plata. Soldados bolivianos habían arrinconado al segundo par —uno de los cuales realmente estaba fugado de los Pinkertons— en una pensión. Cuando se disipó el humo, los dos bandidos fueron enterrados en tumbas anónimas, cada cuerpo llevándose media docena de balas al otro mundo. 64

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