Las tumbas de Macchu Picchu

completo murmuraban sobre la compostura de su joven y adinerado colega, pero a los estudiantes les gustaba. Uno se refirió a su curso como «útil, a diferencia de la mayor parte de cursos de historia» 80 . Hadley también había contratado a Hiram para potenciar la universidad en el campo de la exploración. Ansioso por algún descubrimiento que lo hiciera famoso, Hiram estaba dispuesto a colaborar. Cuando oyó que Estados Unidos estaría enviando su primera delegación al siguiente Congreso Científico Panamericano en Chile, vio su oportunidad. Seguiría las huellas de las rutas comerciales españolas en los Andes meridionales, desde Argentina, tierra del tango y de los gauchos, hasta Bolivia, la cima indígena del continente. Después de interrumpir su viaje en Chile para representar a Yale en la conferencia, seguiría su rumbo a Lima, la capital del Perú. Sería más pragmático esta vez, tomando trenes cuando fuera conveniente, viajando acompañado de una sola persona y siempre buscando lugares en los cuales sus estudiantes pudieran invertir. Su modelo a imitar, el presidente Roosevelt, había enfriado su militarismo durante su segundo periodo; aún había un imperio que construir, pero sería uno de negocios, conocimiento y cultura, no de fuerza militar. Esta vez, Hiram dejaría las armas en casa. En junio de 1908, Hiram y sus compañeros delegados conocieron al presidente Roosevelt en la Casa Blanca. A sus treinta y tres años, se sintió complacido de estar entre aquellos pilares de las ambiciones internacionales de Estados Unidos: el coronel William C. Gorgas, quien había derrotado a la malaria y fiebre amarilla en Panamá, con lo que pudo lograr la construcción del canal; William Henry Holmes del Bureau of American Ethnology, el mayor experto del hemisferio en temas referidos a la antigüedad del hombre; el mentor de Bingham en Berkeley, Bernard Moses, ya de regreso de las Filipinas; y el doctor Leo S. Rowe, quien pondría los cimientos de la Organización de Estados Americanos, las Naciones Unidas del hemisferio occidental. Frente a un enorme globo terráqueo en la esquina de la oficina de su héroe, Bingham estrechó la mano de Roosevelt, dejando en claro —si no lo estaba ya— que exploraba bajo bandera estadounidense. Hiram pasó aquel verano con su familia —cinco hijos para entonces— y su padre, Hiram Bingham Jr., quien había regresado al continente para recuperarse de un derrame cerebral. Para su cumpleaños, su hijo tuvo un buen gesto: fueron juntos a la iglesia por primera vez en años. Hiram Jr. 63

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