Las tumbas de Macchu Picchu

Capítulo 5 CUSCO, EL OMBLIGO DEL MUNDO Antes de viajar a Sudamérica, Hiram era un diminuto tornillo de la maquinaria académica de Princeton. Cuando regresó, en la primavera de 1907, las tuercas que lo fijaban se soltaron. Al llegar a Bogotá se enteró de que la salud de Alfreda había mejorado. Después de un emotivo reencuentro, Alfreda le entregó la carta que él había estado esperando por siete largos años: el rector de Yale, Arthur Hadley, finalmente le había encontrado un puesto. Dado que el Departamento de Historia de Yale seguía escéptico respecto de las calificaciones de Bingham, era solo un nombramiento temporal como profesor en la escuela de graduados. El pago era magro, lo cual significaba que Hiram debía seguir viviendo de los ingresos de su esposa. No era muy halagador, pero dado que era su primera oportunidad en el mundo académico estadounidense y «que implicaba la autoridad para enseñar la historia y geografía de Sudamérica como especialidad», Bingham aprovechó la oportunidad. Proclamó que había logrado «un triunfo sobre el prejuicio conservador» en una carta a su padre. Hiram lo trató como un llamado sagrado: debía preparar a los estudiantes de Yale para tomar la posta del desarrollo y civilización del hemisferio. «Supongo que llevo en la sangre el deseo de incursionar en campos vírgenes y llevar las cargas que otros no intentan levantar», le escribió a su padre. «Lux et Veritas» —el famoso «Luz y verdad» de Yale — «es entonces el lema apropiado para mí»78. Sus clases eran en parte historia, en parte geografía y en parte jingoísmo, tal como lo demuestra su primer examen final: «¿Qué países sudamericanos ofrecen (1) excelentes, (2) medianas, (3) pobres oportunidades para (a) un ingeniero de minas, (b) un mercenario-aventurero, (c) un capitalista, (d) un graduado de Yale promedio con un capital de $5000?»79. Los profesores de tiempo 62

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