los pequeños lagos congelados, en los cuales los guías indígenas dijeron que los españoles habían ocultado tesoros cuando huyeron de Bolívar. Los cerros circundantes eran realmente cumbres andinas de 4200 metros de altura. Bingham y Rice lograron bajar a las feraces tierras agrícolas, pero tan solo después de abandonar a sus seguidores caribeños, cuyas mulas habían muerto. Al carecer de fuego, refugio y comida, Nero y Harvey pasaron una noche frígida, pero «se arrastraron al valle» la mañana siguiente. Habían logrado cruzar los Andes, pero fue el punto de quiebre de la expedición. El 21 de abril llegaron a la principal carretera a Bogotá, la capital de Colombia, y Rice dejó atrás a Bingham, «debido a la conducta de Bingham». A sus colegas exploradores, les dijo que Bingham era incompetente73. Jamás se volvieron a dirigir la palabra, y tampoco ninguno volvería a codirigir una expedición. Bingham prosiguió, apurado, tenso y tan ansioso por llegar a Bogotá que ignoró por completo una de las más interesantes pistas de su primera expedición. En el camino, un lugareño le dijo que a lo lejos había un «lago del tesoro». Era el lugar donde los «antiguos reyes de Tunja tomaban sus baños de oro anuales y soltaban objetos de oro». Una compañía extranjera estaba intentando drenar el lago. ¿Deseaba el gringo investigar? El gringo no quería. Era un dato fascinante, pero había oído hablar de tesoros escondidos en lagos por toda Colombia, y pensó que se trataría de un mito más sobre la «supuesta» civilización y riqueza de los pueblos indígenas de América. Puede haberlo visto como una exageración que era mejor dejar a los ingenuos lectores de novelas baratas y los numerosos reportes dudosos de tesoros perdidos en Sudamérica, que abundaban a comienzos del siglo XX74. Apuntó la anécdota en su diario y siguió su travesía. Pese a toda su apertura de mente respecto de la historia sudamericana, seguía creyendo que los pueblos indígenas no ameritaban ser estudiados por sí mismos. Por supuesto, los indígenas del hemisferio sí tenían una cultura y civilización floreciente, tanto en el pasado como el presente. Lo más irónico fue que en este caso la leyenda era real. El lago era el mismísimo Guatavita, donde el reverenciado líder de los pueblos Muisca alguna vez se cubrió de oro en polvo, nadó o remó al centro del lago y soltó ofrendas a las profundidades. La leyenda de El rey dorado, se volvió El Dorado, el mítico reino de oro buscado por siglos en las junglas de Sudamérica. 59
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