Las tumbas de Macchu Picchu

lado de un río, los hombres de Rice abrirían fuego, con lo cual doscientos «enormes caníbales» lanzaron un grito. Rice y sus hombres huyeron sin sufrir bajas, pero sí mataron a varios de sus atacantes 72 . Los peligros de este viaje eran reales, pero en buena medida fueron causados por los mismos exploradores. La búsqueda de precisión histórica por parte de Bingham casi los mata. Durante su largo desvío en los pantanos, se quedaron sin comida, y Bingham hubo de cazar aves duras y desagradables para que no murieran de inanición. Rice y Juan de Dios, el guía, estaban enfurecidos por este trance innecesario y finalmente sacaron al grupo de ahí con una penosa marcha de doce horas a través de aguas infestadas de pirañas. Hiram, sin embargo, la estaba pasando de maravilla. Para obtener comida, le mostró sus armas a un tabernero. Más adelante en el camino, cuando cuatro viajeros vieron que Bingham andaba armado, se aseguraron de ostentar sus propios cuchillos y revólveres antes de pasar. «Me hizo sentir como un bandolero», escribió Hiram desenfadadamente. Se sintió aún más satisfecho al llegar a las estribaciones andinas. Vieron cómo los verdes valles se elevaban hasta formar oscuros dobleces, con distantes cumbres heladas de color blanquiazul. Al comienzo, a Hiram le hicieron recordar a Hawái, pero a medida que se iba acercando, más extraños y antiguos le parecían. La expedición arribó a un pequeño pueblo al pie de las montañas el Viernes Santo. Observaron mientras la congregación hacía una procesión desde la iglesia y marchaba lentamente por la plaza, iluminada con pequeñas velas y perfumada de incienso. El placer fue pasajero. El Domingo de Resurrección, Hiram recibió un telegrama de sus suegros, en el cual le informaban que Alfreda había enfermado de malaria mientras aguardaba su retorno en Jamaica, lugar donde los Mitchell tenían una residencia. Hiram se sintió muy mal. Había estado ausente durante cinco meses y extrañaba a su familia. Resolviendo nunca más estar apartado de su familia por tanto tiempo, arengó a Rice y partieron al día siguiente, el 5 de abril, para empezar a escalar los escarpados y lluviosos Andes por escalinatas de piedra, pasando a los recolectores de orquídeas y, por vez primera, indios andinos plantando maíz. La parte más difícil de la travesía fue cruzar a lo largo de dos días el páramo de Pisva, un «paraje frío y húmedo» ubicado en la cordillera a 4000 metros sobre el nivel del mar. Esta era la ruta que los españoles jamás pensaron que el ejército de Bolívar podría cruzar. Era tal como lo pintaban. Era inhóspito y sumamente deprimente, carente de vida animal y cubierto de un pasto áspero y plantas espinosas. Avanzaron entre 58

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