Las tumbas de Macchu Picchu

Cientos, o quizá miles, de conquistadores y exploradores ansiosos arruinaron sus reputaciones, perdieron la cordura o murieron buscándola, desde Sir Walter Raleigh hasta Lope de Aguirre. Guatavita mismo no era un mito. En el siglo XVII un español lo había drenado un metro y medio y encontró discos de oro y esmeraldas en el lodo. En 1856 se intentó otro tanto en un lago cercano y se recuperó una «figura dorada de un jefe y diez acompañantes en una balsa». El esfuerzo más reciente era el de 1898, cuando un inglés llamado Hartley Knowles le compró los derechos a un grupo de colombianos. Para 1907, cuando pasó por ahí Bingham, Knowles estaba excavando canales para drenarlo por completo. En 1912, Knowles pondría 62 lotes de adornos, serpientes y máscaras de oro a la venta en Sotheby’s en Londres. 75 Al año siguiente, en un hotel de la Quinta Avenida, Knowles le contaría a un reportero del New York Times que había encontrado un tesoro avaluado en veinte mil dólares. Agarraba firmemente lo que le quedaba en una caja de cigarros. «El Dorado», decía suavemente. «El Dorado, después de siglos. Las ofrendas del hombre dorado. El tesoro del lago sagrado» 76 . Era casi demasiado bueno para ser cierto. Dado que Knowles había estado buscando compradores, otra podría haber sido la historia. Pero para 1913, Hiram Bingham prestaría más atención. Al regresar a Estados Unidos, empezó a trabajar en un libro sobre el viaje, lleno de fotografías, Journal of an Expedition Across Venezuela and Colombia («Diario de una expedición a través de Venezuela y Colombia»). Su redacción era buena, si bien algo sensacionalista —el New York Times se burlaba un poco de su tendencia a exagerar los peligros— y Bingham fue nombrado fellow de la gloriosa Royal Geographic Society77. Por el resto de su vida, Bingham incluyó el prestigioso «F.R.G.S.» al final de su nombre en Who’s Who in America («Quién es quién en Estados Unidos») y citaba su principal ocupación como «explorador». El título no era suficiente, sin embargo. Para poder juzgar si Knowles era un charlatán o un verdadero descubridor, Bingham necesitaba un viaje más a Sudamérica. Su siguiente viaje lo llevaría al Perú, donde las ciudades perdidas eran tan fantásticas como El Dorado y tan reales como Guatavita, y donde había más para ser tomado en cuenta que la manera en que Bolívar había cruzado una montaña. 60

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