ministro en Washington. Quedó decepcionado, aunque impresionado, al descubrir que las credenciales de Bingham eran legítimas. Bingham brindó por la salud del gobernador y le tomó una foto, el golpe de gracia de todo viajero moderno. La siguiente mañana la expedición se despidió de sus carreteros venezolanos y cargaron sus equipos en canoas para cruzar a Colombia. A Bingham le había desagradado Venezuela y estaba satisfecho de dejar atrás a su «perezosa» gente; el país, decía, le daba «la impresión de inactividad, como si, cansado del pasado, estuviera ‘esperando a que algo sucediera’». El estadounidense se metió a la canoa del barquero, se sentó, y esperó a que lo llevaran al otro lado. En cuanto al trato que recibió, Colombia estuvo a la altura de las expectativas de Bingham. Sus funcionarios eran tan afables como los de Venezuela eran suspicaces, y les ayudaron a conseguir un guía para su siguiente tramo, un tal Juan de Dios. A Bingham le cayó bien porque tenía «sangre india». Después lo descubrirían robando una de las reliquias familiares de Rice, un águila americana dorada, pero incluso eso no fue tan malo, considerando que el viajero alemán, Max, se había fugado con la billetera de Bingham 71 . Bingham borró a Max de su crónica posterior y culpó a Juan de Dios de todos los robos. No obstante, Juan de Dios era un excelente guía, y le evitó una desgracia a la expedición cuando Bingham insistió en que abandonaran el camino y cruzaran los pantanos. Bingham aseveró que había tomado el desvío para seguir los pasos de Bolívar, pero también se debía a que quería toparse con algunos «salvajes». No pasó mucho tiempo antes de que una pequeña partida de Yaruros semi desnudos —un grupo indígena desplazado que subsistía en base a la cacería— se acercara a su campamento con lanzas, arcos y flechas. Nero y Harvey dicen que estuvieron «a punto de ser comidos vivos», pero nuevamente el peligro era más imaginado que real. Lo peor que ocurrió fue que una de las «arpías» de los Yaruro estuvo a punto de tirarle dos puñados de estiércol de vaca a Bingham. Los «indios bravos» resultaron ser amigables y ayudaron a la expedición a cruzar los ríos de la región a cambio de pequeñas mercaderías. Más bien eran Bingham y Rice quienes eran peligrosos: dos hombres blancos nerviosos armados de Winchesters y criados con las ilustraciones de Frederic Remington de nobles cowboys e indios salvajes. Bingham pronto protagonizaría un encuentro violento, y Rice se volvería famoso en la década de 1920 por haber usado sus rifles contra una tribu en Brasil. Después de ver a un «salvaje desnudo» corriendo por la maleza al otro 57
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