Estados Unidos estaba financiando insurrecciones para derrocar al gobierno del presidente Cipriano Castro, un dictador a veces llamado «el león de los Andes», pero a quien el presidente Roosevelt famosamente denigraba como «un monito indescriptiblemente malvado» 69 . En Caracas, Bingham se había alojado en la legación estadounidense, en una casa que había pertenecido al general venezolano que financió la más reciente revolución de importancia y a quien Bingham parece haber visitado en prisión. Bingham tenía cartas de presentación del secretario de Estado de Estados Unidos y del Ministro de Relaciones Exteriores de Venezuela, pero estos distaban de ser neutrales. Castro había enfermado recientemente, y corrían rumores de luchas por el poder entre sus potenciales sucesores. Ya que Bingham visitaría la legación estadounidense en Bogotá, quizá el ranchero venezolano no había estado tan equivocado. Bingham podría no haber sido contratado por el gobierno de Estados Unidos, pero de todos modos compartía información con ellos70. Parado ahí con su casaca de cacería color kaki, el revólver a la cintura y agarrando su casco de explorador con sus guantes, Bingham más le parecía la personificación del coloso del norte —cuyo interés reciente en Venezuela no había sido particularmente académico—, que un explorador. Riéndose de sus temores, Bingham reunió al resto de su grupo, montó su mula y siguió camino por los llanos occidentales de Venezuela. Para cuando llegaron a la frontera con Colombia un mes y medio después, sin embargo, las acusaciones habían dejado de causarles gracia. En el pueblo de El Amparo, en el margen venezolano del río Arauca, despertó con la noticia de que estaban bajo arresto. Bingham se quejaría de que los lugareños los habían denunciado al gobernador local como «¡un grupo de seis hombres armados portando cuatro Winchesters y dos Mausers, dedicados a transportar una carreta llena de armas y munición para los revolucionarios refugiados en Colombia!» De poco sirvieron las protestas de Bingham; cuatro desaliñados soldados venezolanos montaban guardia en la posada. Bingham y Rice se escaparon, ocultaron las armas en el bosque y contemplaron fugarse nadando por el río de noche. Por fortuna, intercedió el alcalde. Acompañó a Bingham a que conociera al «venerable» gobernador de barba cana, quien lo aguardaba en su porche vestido de traje blanco de lino. Inspeccionó la tarjeta del Ministro venezolano de Relaciones Exteriores y abrió la carta privada dirigida al presidente de Colombia de parte de su 56
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx