Las tumbas de Macchu Picchu

ascendencia africana: Josh Obadiah Nero y Richard Harvey. La retaguardia estaba conformada por dos venezolanos, Rafael Rivas y Waldemera, responsables de una carreta cargada con todo lo que Hiram había comprado en Abercrombie & Fitch: carpas, frazadas, ollas y sartenes, raciones de emergencia, linternas de bronce, libros, mapas, instrumentos topográficos y la «alquimia» del éxito de Bingham como explorador: una cámara, trípode y cientos de voluminosas placas fotográficas. No obstante, cuando llegaron a una taberna en el pueblo de Agua Blanca, aquella mañana a lo único que le prestaron atención los lugareños era a que los estadounidenses estaban armados hasta los dientes. Bingham y Rice cargaban un revólver y un rifle Winchester cada uno. En la carreta iban otro revólver, un Máuser de cerrojo, dos escopetas de repetición y «una dotación suficiente de munición». Las armas estaban destinadas a la cacería y protección. Los estadounidenses cabalgaban hacia un área de Venezuela que había pasado por disturbios revolucionarios y una zona de Colombia donde Bingham tenía algo de esperanza de toparse con indios «salvajes». Una vez dentro de la taberna, sin embargo, los exploradores se percataron de que sus armas ponían a todos nerviosos. Un ranchero venezolano arrinconó a Bingham y le preguntó qué hacía ahí. Se rehusaba a creer que los estadounidenses gastarían su propio peculio para venir desde su tierra con el solo fin de marchar por llanos secos, pantanos laberínticos y gélidas montañas por puro placer aventurero o para demostrar que Simón Bolívar lo había hecho un siglo antes. La propuesta era más que absurda; era sumamente sospechosa. Furibundo, el ranchero exigió que le explicaran «por qué nuestro gobierno nos había mandado», escribió Hiram después. «¿Estaban contemplando hacerse de Venezuela después de Panamá?» El venezolano aseveró que ningún país gastaría dinero en explorar otro a menos que tuviera en mente conquistarlo. «Como insistí en rechazar ambas premisas y sus conclusiones, decidió que yo debía ser un espía o un oficial del ejército disfrazado». A Bingham le causó gracia el caso de confusión de identidades, pero las sospechas del ranchero no eran tan descabelladas como pensaba el estadounidense. Pocos años después, la Oficina de Inteligencia Naval usaría al arqueólogo de Harvard Sylvanus Morley como espía en México68. Desde que el presidente Theodore Roosevelt anunciara su corolario a la Doctrina Monroe, en Venezuela se había sospechado que 55

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