particular en Princeton, cuyo rector en ese entonces era Woodrow Wilson. Académicamente, era un callejón sin salida. Frustrado con su trabajo, Bingham reflexionó críticamente sobre su vida. Inicialmente había disfrutado su recientemente adquirido patrimonio. Basándose en el sentimiento de rectitud moral de su familia y en la riqueza y prestigio de Alfreda, Hiram se acomodó a la vida de un verdadero patricio. La fortuna de Tiffany financió viajes a Europa, varios sirvientes y un retrato de Hiram en ropa ecuestre. También costeó una enfermera para su madre hasta su fallecimiento en 1903. Los Mitchell le compraron a Alfreda una casa de tres dormitorios en Cambridge, la cual era más espaciosa que las de la mayoría de los profesores, y les construyeron una casa veraniega de estilo japonés en Salem. Los vitrales de sus casas resplandecían y los empleados de Tiffany investigaban por Hiram en la biblioteca nacional de París. Su vida personal era igual de prolija: para 1905, Alfreda había dado a luz tres hijos. Llegarían más. Años más tarde, cuando se le preguntó si tenía un hobby, Bingham respondió que «solía coleccionar libros… pero cuando empecé a coleccionar hijos, lo encontré más interesante» 60 . Bajo la superficie, sin embargo, Bingham se angustiaba por su dependencia de la fortuna Tiffany. «Nunca estaría seguro», escribió su hijo Alfred años después, «de cuánto de su amor por [Alfreda] se debía a ella misma y cuánto al dinero de su familia» 61 . Ya se había percatado de que bajo el carácter soñador de Alfreda había una mujer paralizada por una crianza que la había hecho carente de curiosidad. En las fotos de este periodo ella sale ligeramente fuera de foco y detrás de Bingham, quien aparece sentado en un escritorio cubierto de libros, o cargando a sus hijos. Ella alentaba a Hiram en sus estudios y se dedicaba a cuidar a los niños; mientras que a él se le veía duro y seguro de sí mismo, «ella fantaseaba todo el tiempo, casi ensimismada, con una sonrisa de Mona Lisa que más tarde se volvería fija», recordaba otro hijo, Mitchell 62 . Si bien Alfreda era cumplidamente victoriana, Bingham buscaba algo más, atrapado como estaba entre los ideales misioneros de su familia, las aspiraciones propias de la Edad Dorada y las horas pasadas devorando los libros de Theodore Roosevelt, Rudyard Kipling y Joseph Conrad. Añoraba una «vida intensa» y envidiaba la resolución, peligro y aventura que habían llevado a sus padres y abuelos desde Nueva Inglaterra hacia el resto del mundo63. Bingham también quería escribir libros, pero no se había 49
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