cuando regresó a enseñar en Yale, creyó que jamás estaría en la «jerarquía interior… porque no era miembro de Skull and Bones» 45 . Prosiguió con su plan secreto de volverse profesor, pero sus notas empezaron a bajar. Aquella primavera, mientras representaba a Yale en una conferencia religiosa, Hiram oyó a un predicador del movimiento revival que lo llenó de un sentimiento de culpa debido a su alejamiento de la iglesia. Cuando su rica imaginación se vio llena de visiones del infierno, entregó al predicador todo el dinero que había ahorrado para seguir con su educación. Al recuperar la compostura, se sintió avergonzado, pero estuvo de acuerdo con sus padres en que había sido una señal que le indicaba que después de graduarse debería viajar de vuelta a Hawái para empezar su carrera como misionero. Por dentro, sin embargo, Hiram estaba atormentado, y a su alrededor, el mundo estaba convulsionado. En febrero de 1898, justo antes de su epifanía, el USS Maine misteriosamente explotó en el puerto de La Habana, en Cuba. La isla estaba enfrascada en ese momento en una violenta lucha por su independencia de España, que intentaba aferrarse a sus últimas dos colonias del Nuevo Mundo: Cuba y Puerto Rico. Los periódicos de William Randolph Hearst —quien después serviría de inspiración para la película Citizen Kane de Orson Welles— usaron el incidente del Maine para enfervorizar al público estadounidense, exigiendo que los Estados Unidos intervinieran en la lucha de los revolucionarios. Para Hearst, había llegado el momento de poner a prueba la Doctrina Monroe, la política extraoficial de Estados Unidos contra intromisiones europeas en el hemisferio occidental. Entre los angloamericanos, la «leyenda negra» de los españoles —según la cual eran salvajes, ignorantes, supersticiosos y ociosos— era muy conocida. (Ignoraban convenientemente que aquel mínimo de justicia que mostraran los españoles tuvo como consecuencia que sus poblaciones indígenas no estuvieran confinadas a reservaciones, como en Estados Unidos). Para volverse una potencia mundial, Estados Unidos requería un villano, y España resultaba conveniente. El Congreso autorizó al presidente William McKinley a unirse a la lucha independentista cubana —con o sin aprobación popular cubana—, dando inicio a la guerra Hispano-Estadounidense. El campus universitario de Yale estalló en un apoyo completo y desenfrenado por la intervención, quemando efigies de España y del general de su ejército, Valeriano 41
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