Las tumbas de Macchu Picchu

—casi todos protestantes blancos anglosajones— una ambición por el éxito mundano, mas no espiritual. En este medio, Hiram empezó a relajar su puritanismo. Mientras daba clases particulares a los jóvenes adinerados, estudiaba sus hábitos. Jugaba cartas y se unió a la fraternidad Psi Epsilon y el club hawaiano de Yale, donde vio a sus amigos fumar y beber, actividades prohibidas en el Honolulu misionero. Leía novelas abiertamente y bailaba con mujeres en las fiestas. Leyó la biblia como alegoría, no historia, y miraba por encima del hombro a los evangélicos. Tal como le escribió a sus padres, aún era cristiano, pero no tenía que ser un fanático para demostrarlo. Otra ola de éxito mundano lo impulsó. Al final del primer año académico, junto con otros dos miembros del equipo de debate de su año de Yale, derrotó al equipo de Harvard, lo cual le dio a su universidad «la primera victoria en debate de la cual Yale podía jactarse». Bingham después les contaría a sus hijos que los estudiantes lanzaron entusiastas vítores, tomaron el escenario y levantaron a los tres jóvenes en hombros y los pasearon por el campus 43 . Hiram no se hacía ilusiones de volverse un potentado ferroviario, pero sus habilidades intelectuales y retóricas le insinuaban otros caminos hacia la aceptación de sus pares. Presidió la sociedad de debate de último año, quebró el sabat para estudiar, e idolatraba a sus profesores. Hi cruelmente le indicó a su padre que «ningún ministro tiene ni la quinta parte de la oportunidad de beneficiar y afectar al mundo con su influencia que la que tiene un profesor»44. Sacaba de la biblioteca más libros que cualquier otro estudiante —le decían el bibliotecario de la universidad—, y para el fin de su tercer año estaba en camino a ser incorporado a la prestigiosa sociedad Phi Beta Kappa y a empezar su carrera en el mundo académico. En lugar de ello, sus sueños se desmoronaron. En el otoño de 1897, mientras el campus de laja se cubría de hojas doradas y rojas como brasas de esperanza, Hiram aguardaba el ligero toque en el hombro con el cual los estudiantes de último año eran aceptados a alguna de las no tan secretas sociedades de Yale, quizá incluso la Skull and Bones —Calaveras y Huesos—, la más exclusiva de todas. Jamás llegaría. Cuando sus compañeros empezaron a hacerse guiños sobre bufandas y agujas de corbatas, Hi supo que había sido pasado por alto. Habiendo aceptado los patrones de éxito de Yale, lo tomó muy mal. Años después, 40

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