Las tumbas de Macchu Picchu

único era un lugar frío y solitario. Había poca división entre hogar e iglesia. El sabat empezaba la noche del sábado y era seguido por cinco servicios el domingo. Hi vivía como un monje tropical, «arrimado en una especie de closet bajo la ángulo del techo del segundo piso», donde dormía bajo una delgada red mosquitera que colgaba de los maderos apenas algunos centímetros sobre él 30 . Los naipes eran considerados diabólicos, y el ajedrez y backgammon casi tanto como aquellos 31 . Su padre mantenía siempre cerca un palo corto y duro que lo ayudaba a aplicarle a su hijo una férrea disciplina. Cuando el joven y rubio Hi no era reprendido en casa por no estar a la altura de su abuelo, sufría burlas en todos los demás lugares. Los compañeros de juego de su padre se habían dedicado a los negocios en vez de seguir a sus padres en la Iglesia. Estadounidenses blancos habían comprado muchos terrenos en las islas, apropiándose del poder de la realeza nativa y marginando a los hawaianos y asiáticos pobres. En realidad, esto era precisamente lo que la conversión al cristianismo debía evitar, por lo que la influencia de los misioneros había desaparecido casi por completo. Cuando Hi se presentó en Punahou como «Hiram Tercero», sus compañeros se burlaron de él 32 . A pesar de su curiosidad e inteligencia innata, Hi siempre «[luchó] con una sensación de inferioridad», escribió más tarde uno de sus hijos 33 . Hi era pequeño para su edad y sufría los abusos de los matones. Para reconfortarse, recurría a los libros y a su imaginación. Al comienzo sus padres solo le permitían leer biblias ilustradas y un álbum verde con cuentos de moralidad para niños, un himno misionero escrito por su abuelo, y unos recortes de periódico con unos grabados casi proféticos: ruinas romanas, el geógrafo alemán Mercator, un cóndor andino34. Cuando creció, sin embargo, se refugió en la biblioteca de Honolulu, una isla dentro de otra, donde podía leer cuanto quisiera. Adoraba Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, tanto por su representación de Estados Unidos como por su narración de huida. En 1887, Hi visitó Estados Unidos, su «patria», por primera vez. Pasó el verano con su padre en California, donde Hi se emocionó con el San Francisco del tardío siglo XIX. El bronce, oro, barcos y funiculares reverberaron en el pecho de Hi, afectándolo tan profundamente que después de regresar a Hawái usó el dinero que sus padres habían ahorrado 34

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