Las tumbas de Macchu Picchu

los grandes temas de la historia del mismo Bingham: cómo los roles, responsabilidades y reputaciones que nos creamos con tantas esperanzas nos aprisionan rápidamente. Para comprender mejor a Bingham, leí la novela y subrayé una anécdota en particular: trataba de un tesoro dorado perdido que había matado a todos aquellos que habían buscado hacerse de su esplendor. En la memoria reciente del narrador, un indio y dos marineros —«Estadounidenses quizá, pero definitivamente algún tipo de gringos»— se robaron un burro y se fueron de búsqueda con revólveres en los cinturones y machetes en las manos. Nunca se les volvió a ver. Ya que la esposa del indio era una buena católica y el burro estaba libre de pecado, a ambos «probablemente se les permitió morir», escribió Conrad: pero se cree que los dos gringos, espectrales pero vivos, siguen hasta el día de hoy entre las piedras, bajo el fatal hechizo de su éxito. Sus almas no pueden separarse de sus cadáveres, los cuales montan guardia sobre el tesoro descubierto. Ahora son ricos, pero sufren de hambre y sed —una extraña teoría según la cual los fantasmas gringos, herejes e impenitentes, tercamente siguen sufriendo en sus carnes famélicas y resecas, mientras que un cristiano habría renunciado y sería libre 575 . El fatal hechizo del éxito. En los momentos más dramáticos de la disputa entre Yale y el Perú, me imaginé de manera similar al legado de Bingham, atrapado en el Museo Peabody, desafiantemente montando guardia sobre el tesoro de Machu Picchu. Bajo tal maldición, me preocupaba que esta situación nunca encontrara solución ni un final feliz. El acuerdo entre Perú y Yale me demostraron que estaba equivocado. La primera pista de que se estaba gestando un cambio surgió unos cuantos meses después de la publicación original de este libro a mediados de 2010. Me encontraba en el Perú por primera vez desde un emotivo viaje en 2008. Estaba ahí para investigar un proyecto futuro pero también para compartir ejemplares de Cradle of Gold con los muchos peruanos que me habían ayudado con el libro. Me enteré de que en la semana anterior a mi llegada el senador de Connecticut Christopher Dodd había visitado Perú y se había reunido con representantes del Ministerio de Relaciones Exteriores y de instituciones culturales. «Los objetos de Machu Picchu no le pertenecen a ningún gobierno, institución o universidad», anunció Dodd, comprometiéndose a ayudar a resolver la disputa. «Le pertenecen al pueblo peruano» 576 . 332

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