CODA: UN NUEVO COMIENZO Casi cien años después de iniciarse, esta historia llegó al final que merecía. El 24 de julio de 1911, un niño indígena peruano llamado Pablo Richarte llevó a Hiram Bingham, historiador de Yale, a las ruinas incaicas de Machu Picchu, la extensa ciudadela ubicada en las pendientes selváticas donde vivía con su familia. Exactamente un año después, el 24 de julio de 1912, el padre del niño llevó a Bingham a las tumbas de Machu Picchu. La expedición abrió 107 de estas, de donde sacaron cerámicas, piezas de plata y bronce, y los restos de casi doscientos súbditos incaicos, los cuales empacaron en 93 cajones que Yale después transfirió a su Museo Peabody. Los huesos, joyas y ofrendas funerarias permanecieron ahí durante casi un siglo. En la soledad, se cubrieron de polvo, teorías y —cuando Perú exigió a Yale su devolución— una controvertida reputación. ¿A quién le pertenecían los muertos del Inca, a Yale o al Perú? El 19 de noviembre de 2010, el gobierno peruano anunció la respuesta: Yale estaba enviando las tumbas de Machu Picchu de vuelta a casa, al Perú, a tiempo para el 24 de julio de 2011, el centenario de la fecha en que Bingham descubriera científicamente el hogar de la familia Richarte. El anuncio del presidente Alan García fue tan súbito y sorprendente que pareció ser una anomalía en la historia de las muchas luchas coetáneas en torno a la propiedad de objetos y restos humanos. A medida que los detalles de la devolución fueron emergiendo, sin embargo, se vislumbró que esta era el resultado natural de haberle prestado atención a la historia, en este caso, tanto a los logros de Hiram Bingham como a los del Perú. Si bien en muchos aspectos la historia del tesoro de Machu Picchu es triste y llena de conflictos y oportunidades perdidas, siempre ofreció la posibilidad de la solución que ahora tenemos ante nosotros, un final que parece salido de Hollywood: un mal rectificado, un tesoro devuelto, el descanso final de los muertos. 330
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