peruana. Estos fueron redescubrimientos importantes: Machu Picchu representa el imperio Inca en su apogeo, y Vitcos y Espíritu Pampa encarnan la resistencia Inca frente al imperialismo español. Bingham no entendió todo lo que veía —y hubo muchos peruanos que vieron las ruinas antes que él—, pero su deseo de comprenderlos dentro del contexto de la lucha entre incas y españoles es uno de los hechos más absorbentes en la historia de la exploración. Y al excavar, dio inicio a la arqueología incaica moderna, menos interesada en hacer descubrimientos fabulosos que en usar crónicas, arquitectura, geografía y objetos para entender cómo las leyendas incas calzaban con la realidad cronológica. Su expedición también le prestó atención a las vidas de los miembros más humildes de la sociedad incaica: los peones, los pobres y los trasplantados. Pero al estudiar la historia de Hiram Bingham, me di con el lado menos lustroso de su legado. Hiram Bingham era un hombre de su tiempo, completamente empapado por la piedad, riqueza y actitudes coloniales hacia los pueblos nativos del mundo que caracterizaban a los estadounidenses. Para explorar y excavar, hizo uso de trabajo indígena forzado. Había sido criado para creerse el héroe de su propia vida, y a veces ocultaba la ayuda que recibió de los muchos peruanos que lo precedieron en los archivos y montañas. Amaba tanto sus descubrimientos que los tenía que poseer, y se terminó perdiendo en el laberinto moral de esa decisión. Bingham buscó excepciones por ser un estadounidense blanco y representante de Yale, y después esquivó y quebró la ley peruana cuando no le dieron tratamiento especial. Cuando sus colaboradores peruanos se le enfrentaron, renunció al trabajo, mantuvo los objetos de Machu Picchu en Yale, y se metió en política, donde sus errores fueron aún más difíciles de ocultar. No obstante, las transgresiones de Bingham también crearon un espacio para el debate en el Perú. Sus conocidas expediciones actuaron como pararrayos para todas las críticas peruanas respecto del papel de los extranjeros en la explotación de la historia, excavaciones sin autorización y la rampante exportación de objetos. Los intelectuales peruanos pudieron convencer al gobierno, y quizá a la población, de que la arqueología era mejor manejada por peruanos, que el Perú era verdaderamente indígena, y que sí importaba dónde residían sus objetos. Al denunciar a la expedición, los peruanos indígenas pudieron vengarse, aunque sea de manera simbólica, del uso por parte de Yale de mano de obra forzada. Y en el vacío creado por la desconfianza peruana frente a arqueólogos extranjeros, 323
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