Las tumbas de Macchu Picchu

tenía siete años. El museo estaba siendo renovado; los cráneos de triceratops estaban empacados en algodón y gasa, como si les dolieran las muelas. El mural de dinosaurios cuya copia alguna vez adornó mi pared estaba siendo restaurado. En el tercer piso, visité la momia egipcia que me asustó cuando era chico. Un grupo de adolescentes la estaba mirando. «Dos mil años en el futuro, me estarán mirando a mí así», dijo uno, riendo. Bajé las escaleras, donde había solo dos pequeños ambientes dedicados a la colección de Machu Picchu. Uno tenía una maqueta de las ruinas y un video, y atraía a una cantidad saludable de visitantes. Nadie se quedaba en el otro ambiente; exhibía unos cuantos de los ceramios más pequeños de la colección, los cuales están adornados con mariposas, aves y formas geométricas. Había tres que no son de Machu Picchu; se insinuó que fueron comprados en Cusco. Me pregunté por qué los cuchillos de bronce, alfileres, cajas de piedra y aros de plata no estaban siendo exhibidos. Era un ambiente donde las diferentes ausencias causaron una impresión profunda: la falta de atención de los visitantes, la falta de contexto de los objetos, y la falsa impresión de que lo único que tenía Yale eran ceramios. Al marcharme del Peabody, me debatía entre dos posiciones. No me convencía lo que decían los grandes museos respecto de que si devolvieran un solo artefacto, ello crearía un precedente a partir del cual todos los objetos y piezas de arte volarían a los descendientes de los creadores. Pero también creía que hay cierto valor en el estudio internacional y exhibición de objetos como ejemplos de la diversidad mundial del arte y cultura. Me crié inmerso en el arte y objetos de peruanos, oceánicos y africanos de los museos de Nueva York. Me llenaban de asombro y simpatía. Hacían que quisiera viajar. Quería que mis futuros hijos sintieran lo mismo. Sin embargo, consideré que es inaceptable convertir en trofeo una colección prestada, especialmente si contiene restos humanos. Yo creía que la Universidad de Yale debería devolver sin condiciones al Perú los cráneos, huesos y objetos que Hiram Bingham excavó y exportó de Machu Picchu y otros sitios. El Perú no negó la importancia de la curaduría desempeñada por Yale, ni que esta hubiera fomentado el interés en Perú. Más bien, sus representantes pidieron su retorno porque creían que era histórica, ética y legalmente correcto. Antes, durante y después de las expediciones de Bingham, los intelectuales e indígenas de Perú estaban pidiéndole al gobierno que regulara la excavación e impidiera la exportación de objetos, protecciones legales que todo arqueólogo en el Perú debe observar hoy en día. El año en que Bingham no pidió permiso 321

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx