Las tumbas de Macchu Picchu

que Bingham había enviado a Perú en la década de 1920 han tenido un destino similar, pero eso se debió en parte a la falta de documentación provista por Bingham. Bákula y Alva se horrorizaron aún más al descubrir que la colección era más grande de lo que habían creído. Contabilizaron más de 46 000 piezas cuando Yale había contado 5415, además de 329 objetos de calidad de museo. La política definitivamente se inmiscuyó en el conteo —Perú contó dos dientes de un mismo individuo como piezas separadas, y Yale consideraba los restos de un cuerpo como un solo lote— pero por primera vez los arqueólogos peruanos comprendieron lo que significaría dividir la colección. Pero aun así no quedaba claro qué era de Machu Picchu, y por ende negociable, y qué no. Los objetos vistos un día eran removidos al siguiente. Hasta hace poco, el registro en línea de Yale listaba los objetos de oro y plata que los miembros de la expedición de Yale llevaron en su equipaje en 1914, así como los objetos de Vitcos y Patallacta, los cuales debieron ser devueltos a Perú en la década de 1920. Cuando se tomó nota de esto, el museo retiró el registro en línea de la colección, declarando que el inventario tenía errores, lo cual, de ser cierto, tampoco resultaba muy reconfortante 567 . De manera más urgente, fue durante este viaje que los funcionarios peruanos comprendieron aquello a lo que Valcárcel había aludido: que cuando la colección de Machu Picchu llegó al Peabody a inicios de la década de 1920, esta ya estaba entremezclada con los 366 «muy finos» ceramios y objetos de piedra que Tomás Alvistur había contrabandeado en 1914. Los objetos seguían en la colección de Yale, y el museo no terminaba de especificar cuáles objetos eran cuáles. Aunque la revelación confirmó que Bingham actuó con duplicidad, Perú creyó que la pobre documentación le daba una salida a la universidad. Ya que las convenciones internacionales requerían que tan solo los objetos que hubieran sido contrabandeados después de 1970 fueran devueltos, Yale no estaba legalmente obligada a devolver nada de lo que Alvistur le hubiera enviado a Bingham. Las adquisiciones ilícitas de Bingham se volvían entonces una ventaja. Más adelante, el Perú acusaría a Yale de usar su impreciso inventario para «mover piezas entre las colecciones de cada expedición con poco riesgo de que sus actos ilícitos fueran descubiertos»568. 318

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