Perú terminara de construir un museo que los albergue, con suerte en 2011, el centenario de la visita de Bingham a Machu Picchu. Además, Yale financiaría cuando menos tres años de intercambio académico. El acuerdo perdió fuerza al ser inspeccionado por los peruanos, sin embargo. Enojado, el arqueólogo Luis Lumbreras se preguntó en El Comercio de Lima cuánto tiempo más las piezas tendrían que permanecer en Yale. ¿Un siglo? Resultó que Lumbreras tenía razón. El gobierno de García había revelado que todas las tumbas de Machu Picchu serían devueltas eventualmente, pero omitieron un detalle que Yale sí divulgó a su Daily News: que la «colección de investigación» —seleccionada por Yale— se quedaría en New Haven por 99 años más. Por una parte, esta provisión le permitió a Yale seguir investigando Machu Picchu, un derecho que quizá se había ganado. Pero por otra, daba a entender que el arreglo realmente era todo un hito. De los muchos países que estaban haciendo campaña por recuperar arte, objetos y restos humanos que habían sido obtenidos de manera ilegal o poco ética, ninguno había dejado que la institución inspeccionada definiera tan a su antojo las condiciones del arreglo como el Perú de García le había permitido a Yale. El acuerdo sufrió otro descalabro cuando la prensa peruana se enteró de que el negociador del Perú, el ministro de Vivienda, había acordado dividir la colección incluso antes de que los arqueólogos peruanos pudieran siquiera inspeccionarla. Cuando el equipo del Perú, conformado por la directora del Instituto Nacional de Cultura, Cecilia Bákula, y Blanca Alva, la directora de Defensa del Patrimonio Histórico del mismo instituto, volaron a New Haven para hacer un inventario de la colección, descubrieron que la curaduría de Yale no era tan impecable como se había creído previamente. Las publicaciones de Bingham y sus sucesores señalaban que las polillas se estaban comiendo las envolturas de las momias y que ciertos restos animales se habían perdido, además de la ocurrencia de «incendios, inundaciones y frecuentes traslados»564. En 1930, Bingham había reportado que la pieza principal de la expedición de Yale —el cuchillo ceremonial de bronce con un niño pescador en el mango — había sido sustraída565. Desde entonces, volvió a aparecer, lo cual sugiere que meramente se había traspapelado. Cuando la arqueóloga peruana Sonia Guillén viajó a Yale en la década de 1990, verificó que los huesos de Machu Picchu se habían deteriorado y que los estudiantes los estaban usando para clases de osteología 566 . Las cajas de objetos mixtos 317
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