Sin embargo, el Perú tuvo que superar la década de 1980 antes de poder resolver las ambigüedades del legado de Hiram Bingham. En las últimas décadas del siglo XX, los objetos de Machu Picchu estaban lejos de ser la prioridad del Perú. La reforma agraria, los movimientos campesinos, las represiones militares, la revuelta guerrillera y, finalmente, la terrible violencia de los maoístas de Sendero Luminoso —quienes realizaron su primer ataque contra el Estado en el 199º aniversario de la ejecución de Túpac Amaru II— eran más urgentes que la arqueología 547 . En medio de ese peligro, el saqueo y el contrabando aumentaron rápidamente, impulsados por mejoras en el transporte y la creciente demanda de objetos por parte de coleccionistas y museos occidentales. Los museos son un compromiso sagrado, pero también son un negocio en el que ciertos «productos» —como una nueva máscara Moche o una urna griega— atraen tanto prestigio como visitantes que pagan por sus entradas. El gobierno peruano contraatacó. Tal como se demuestra en Stealing History de Roger Atwood, las autoridades peruanas y estadounidenses colaboraron para detener a los saqueadores y contrabandistas, con lo cual resucitaron el entendimiento de que el Estado era propietario del pasado indígena 548 . El presidente autoritario Alberto Fujimori pacificó las zonas rurales pero huyó del país en 2000 acusado de corrupción y violencia extrajudicial, cargos que lo condenarían en 2009, cuando fue encontrado culpable de crímenes de lesa humanidad. Su sucesor, Alejandro Toledo (2001-2006), sin embargo, llevó la política del patrimonio cultural a un nuevo nivel. Un peruano de origen indígena con un doctorado de Stanford, Toledo reinauguró Machu Picchu, incluyendo a un chamán que le hizo una dedicatoria a los apus, dioses de las montañas cercanas. Para algunos observadores esto era puro teatro político y un intento de fomentar el turismo; para otros tenía un significado muy profundo. Por primera vez desde la conquista española, el líder del Perú era orgullosamente indígena. Durante el gobierno de Toledo, el Perú se volvería a enfrentar con Yale. En New Haven, los arqueólogos de Yale Richard Burger y Lucy Salazar, estaban próximos a completar una mega muestra centrada en los restos de Machu Picchu. Sería la primera muestra del Museo Peabody que daría la vuelta al país, exponiendo a una nueva generación a los incas, y generando elogios para todos los involucrados. Cuando le pidieron al Perú que co patrocinara la exposición, sin embargo, recibieron una sorpresa. Toledo y su esposa, la antropóloga francesa Eliane Karp, habían sido informados 311
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