Las tumbas de Macchu Picchu

Geographic, «probablemente nos acusen de haberles enviado un montón de basura…» 530 . Quizá sintiendo que se estaba quitando un peso de encima, el explorador devenido en político finalmente entregó los objetos de Machu Picchu al Museo Peabody en julio de 1923, casi doce años exactos desde que Bingham viera las ruinas por primera vez. Si hubieran seguido el protocolo propuesto por Bingham, el asunto habría sido excesivamente casual: el Peabody escogería lo que quisiera, separándolo de los «descartados», entre los cuales Bingham seleccionaría algunas piezas atractivas antes de deshacerse del resto531. Afortunadamente, el Peabody no fue tan displicente, y se llevó todos los objetos.532 La documentación de Bingham, sin embargo, seguía sin aparecer. En 1930, el director del museo preguntó si Bingham tenía las tarjetas de catalogación que le darían sentido y orden a la colección: «Tal como usted sabe, el valor museológico de cualquier espécimen de museo está en proporción directa a la información disponible respecto de él» 533 . Los peruanos estaban igualmente perplejos. Bingham envió tan poca documentación de vuelta que las piezas de Patallacta eran científicamente inútiles534. Aunque uno que otro peruano siguió reclamando la devolución de los objetos de Machu Picchu durante la década de 1920, algunos empezaron a creer que los objetos de Patallacta provenían de Machu Picchu, lo cual alimentó historias contradictorias y especulaciones disparatadas535. A medida que las ruinas se volvían un símbolo de una identidad latinoamericana indígena más amplia, fue creciendo el lado más oscuro de la historia del descubrimiento de Bingham, lo cual una vez más reflejaba la reputación de Estados Unidos en la región. Aunque el sentimiento pro estadounidense era fuerte a fines de la década de 1940, para cuando Bingham visitó en la década de 1950, Estados Unidos estaba apoyando un golpe de Estado derechista en Guatemala, y los rumores de actos ilegales realizados por Bingham se entremezclaron con la historia del imperialismo estadounidense en América. Desde una perspectiva menos política, la leyenda de Machu Picchu se había vuelto enorme como una ceiba, y los peruanos se sentían resentidos por la liana trepadora —Hiramis Binghamensis, quizá— que se había beneficiado del crecimiento del árbol. En 1952, un argentino de veinticinco años llamado Ernesto Guevara — que poco después se convertiría en el «Che» de leyenda al unirse a la lucha 306

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