Las tumbas de Macchu Picchu

recordado era Machu Picchu 497 . Hiram rondaba por los recuerdos de la ciudadela como si él fuera un cóndor que descendía en picada sobre ella en sus momentos de transición, para después elevarse nuevamente con su corriente ascendente. En 1922, cuando iniciaba su carrera en la política, publicó Inca Land, una versión más aventurera de su historia. En 1930, cuando se estaba recuperando de la censura en el Senado, National Geographic publicó su espléndida, costosa, académica —y en realidad co escrita— crónica de las ruinas, Machu Picchu: A Citadel of the Incas [Machu Picchu: Una ciudadela de los incas]. La publicación en 1948 de su versión final, el bestseller Lost City of the Incas [La ciudad perdida de los incas], coincidió con el más grande honor de todos, uno que Hiram daba por perdido hacía más de treinta años: una invitación para regresar al Perú. Después de partir de los Andes en 1915, Hiram había perdido contacto con sus colegas peruanos. Pero en la década de 1930, se volvieron a poner en contacto uno por uno. Para entonces el Perú había establecido una comisión nacional que monitoreaba la excavación de ruinas. Julio C. Tello estaba en la cima de la comunidad arqueológica peruana y a veces le enviaba libros a Bingham498. De manera más importante, Luis E. Valcárcel le tendió una mano al explorador. Después de la apresurada partida de Bingham, Valcárcel había continuado su lento, pero constante, ascenso entre las filas de los historiadores, antropólogos e intelectuales peruanos. Ayudó a Albert Giesecke y a la Universidad del Cusco a fundar su propio museo, el cual serviría de hogar para los objetos de la región. En 1927, electrizó a los indigenistas de América con su libro, Tempestad en los Andes, en el que predecía que algún día la mayoría indígena del Perú se alzaría y crearía un estado socialista neo-inca499. El mismo año, el gobierno autoritario de Augusto B. Leguía —el ex presidente peruano que había vuelto al poder en 1919— encarceló temporalmente a Valcárcel en una isla frente a la costa del Pacífico por escribir artículos que criticaban al gobierno. En 1930, cuando el mismo Leguía fue derrocado y aprisionado, el nuevo gobierno trajo a Valcárcel de vuelta a Lima para que administrara el Museo Nacional. Recordando sus raíces, Valcárcel aprovechó la oportunidad para asignar fondos al Cusco. Excavó en Sacsayhuamán, revelando las bases de tres grandes torreones que fueron derribados después de la gran rebelión inca de 1536. También hizo despejar Machu 297

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