Bingham hizo de la aviación comercial su caballo de batalla, y en el otoño de 1925, después de hacer campaña en Connecticut como «el senador volador» de Estados Unidos, salió reelegido con un amplio margen. Se codeó con el presidente Calvin Coolidge, Charles Lindbergh y Amelia Earhart. Mantuvo a la prensa ocupada con sus poses para fotografías. Piloteó un avión de la Marina en una carrera con un zepelín alemán. Volaba en autogiro para ir a jugar golf. Aterrizó un dirigible en la escalinata del Capitolio para asistir a una reunión de comité. «Dentro de poco, este será el medio de transporte que usarán todos los congresistas», declaró a los reporteros 492 . Bingham incursionó enérgicamente en las relaciones internacionales. Visitó a su hijo mayor en China cuando esta pasaba por una guerra civil, y los periódicos de EEUU le dieron cobertura cuando su tren fue asaltado por unos revolucionarios. Ayudó a negociar un estatus más independiente para Samoa Americana y Guam, pero se esforzó por mantener a las Filipinas bajo un régimen colonial estadounidense. Se volvió el mejor amigo de América Latina en el senado, elogió a Simón Bolívar, luchó por el derecho al voto de las mujeres puertorriqueñas, e intentó mantener abiertas las puertas de Estados Unidos a la inmigración latinoamericana. Su simpatía hemisférica tenía límites, sin embargo. Apoyó el bombardeo aéreo realizado por los Marines contra la rebelión de Augusto Sandino en Nicaragua, y postuló que los ciudadanos y negocios estadounidenses requerían apoyo militar en el extranjero; él mismo había sido alguna vez acusado de espiar y saquear, les dijo. En la era de Lindbergh, Bingham era todo lo simbólico que un político podía ser: el culto y agresivo vínculo anglosajón entre el pasado indígena de América y su futuro en los aires. Incluso parecía posible una postulación a la presidencia. «Ese Bingham está en andadas de nuevo», se maravilló un periódico de Boston 493 . Pero sus colegas en el senado estaban menos entusiasmados por las actitudes arrogantes del «Profesor». Había roto la regla tácita de que los recién llegados debían guardar silencio, e hizo uso de la palabra treinta veces en sus primeros tres días. Corregía a sus colegas cuando pronunciaban palabras extranjeras y solo socializaba con las personas más adineradas de Washington. El 29 de octubre de 1929, mientras las bolsas caían y arrastraban al país a la Gran Depresión, se produjo la caída de Hiram también. Durante una 295
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