Las tumbas de Macchu Picchu

Sin embargo, Hiram Bingham estaba intentando superar el tema. En el invierno de 1917, mientras los Estados Unidos se iban involucrando en la guerra europea, viajó a Florida para matricularse en la escuela de vuelo de Glenn Curtiss, el pionero de la aviación. Los aviones habían avanzado mucho desde que los hermanos Wright despegaran de Kitty Hawk hacía catorce años, y en poco tiempo Hiram estaba pilotando un JN-4 Jenny. Estaba canalizando su espíritu pionero a otra frontera, en parte para estar patrióticamente listo para la guerra, pero también por el mismo sentimiento de insatisfacción que lo llevó a la exploración en 1905. Más que la exploración, el vuelo reflejaba el principio rector de su vida: escaparse y elevarse por encima de las multitudes. Cuando el Congreso le declaró la guerra a Alemania en abril de 1917, ya tenía su licencia de piloto. En mayo, el ejército lo contrató para que organizara la Escuela de Aeronáutica Militar y una serie de otras escuelas en todo el país. En agosto de 1918, ya como teniente coronel, viajó a Francia para administrar la base más grande de entrenamiento aéreo que tenían los Aliados. Aunque recién renunciaría formalmente a Yale en la década de 1920, la Primera Guerra Mundial marcó el fin de su carrera como explorador e historiador en ejercicio. Finalmente completaría un libro sobre la excavación de Machu Picchu en 1930, y solo después de contratar a un ex miembro de la expedición llamado Philip Means para que redactara el primer borrador. Como detalla el propio hijo de Bingham, el manuscrito llevaba los nombres de ambos: «Machu Picchu, a Citadel of the Incas, by Hiram Bingham and Philip Ainsworth Means». Sin embargo, a Bingham pareció no gustarle la introducción histórica ni el estilo de Means. Mantuvo el título, organización y nombres de los capítulos tal como los dispuso Means, pero eliminó la sección de historia inca y borró el nombre de Means de la carátula, limitándose a hacer referencia a sus otros trabajos en la última página del libro. Aun si Bingham ahora consideraba que escribir era una tarea pesada, estimaba que el mérito le correspondía exclusivamente a él y exigía que sus libros lo reflejaran así 486 . Seguiría habiendo momentos, sin embargo, en que el romance y fracaso de su paso por el Perú se sentirían tan frescos como antes. En 1916, cuando escribía lentamente su último artículo para National Geographic, redactó rápidamente una pieza mucho más dinámica para The Builder, la revista de los masones, la sociedad secreta a la que Bingham le estaba dedicando cada vez más tiempo. En el artículo —que esperemos sus colegas nunca hayan leído— Bingham sugería que, en sus construcciones, 291

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