los arquitectos de Machu Picchu siguieron principios que calzaban sospechosamente con los preceptos de los antiguos masones orientales. Lejos del Perú, quizá mientras observaba a Richardo Charaja trabajar en el patio trasero mientras escribía, incluso llegó a expresar la esperanza de que los indios «de los Andes centrales… disfruten en el futuro de las bendiciones de su glorioso pasado. Los huesos y nervios de esta raza caída aún tienen fuerza para elevarla a aquel alto nivel que alguna vez alcanzó»487. Pero cuando Bingham recibió su ejemplar de ese número de The Builder, se dio con que un editor astuto había balanceado su romanticismo con una fuerte dosis de realidad: junto a su artículo había un viejo poema de Rudyard Kipling titulado «El Palacio». En los dolorosos años después de huir del Perú, Bingham debió haberse sentido como si su poeta favorito le hubiera dedicado ese poema exclusivamente a él. En el verso ondulante de Kipling, este describía cómo la construcción de una ciudadela para un rey masón fue interrumpida al descubrirse las ruinas del castillo de un rey anterior. «Tomando y dejando a su antojo los regalos de los humildes muertos», el rey moderno canibalizó el castillo del rey antiguo para construirse un palacio propio. Pero, tal como Bingham en el Perú, no estaba destinado a tener éxito. «En el alto mediodía de [su] orgullo», el rey oyó que la Oscuridad le decía que había llegado a su fin —que su «palacio terminará como el otro— el botín de un rey que construirá». El rey abandona el trabajo y talla en una piedra: «Después de mí vendrá un Constructor. ¡Díganle, que yo también lo he sabido!». Bingham recortó el poema de la revista y lo colocó en su cuaderno de recortes personal, probablemente viéndose a sí mismo en el verso 488 . No importaba que Manco y los incas no fueran masones como él, sino pueblos conquistados. Lo que contaba era la poesía. 292
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