Las tumbas de Macchu Picchu

una obra teatral que contaba la historia de un soldado que se iba a la guerra y una mujer que se alistaba en la Cruz Roja para poderlo seguir. Hiram aplaudió fervorosamente. «La exploración súbitamente le pareció tan trivial como hacer bandejas de alfileres con cintas de cigarros», le dijo después a un periódico 481 . La pregunta era qué podría aportar a la causa. Estados Unidos aún no había declarado la guerra, y si lo hiciera, Bingham ya estaba muy establecido —y era demasiado alto— como para ir a combatir. Buscando consejo, acudió a uno de sus primeros modelos de vida, Theodore Roosevelt. Dos décadas atrás, durante la guerra hispano-estadounidense, el tío de Hiram le había disuadido de alistarse en los Rough Riders. Tanto él como Roosevelt eran mayores ahora, y ambos se habían enfrentado a los avatares de las exploraciones controversiales. En Roosevelt, Bingham también buscaba un mentor en lo que posiblemente sería su siguiente camino: la política. Era un tema al que Roosevelt también le daba vueltas. En noviembre, el presidente Woodrow Wilson postularía a la reelección, y un ala dentro del partido Republicano deseaba nominar a Roosevelt como candidato. El 22 de mayo de 1916, Bingham y otros veintitrés republicanos viajaron a la casa de Roosevelt en Oyster Bay, Long Island, para pedirle que postulara. Incapaz de retirarse apaciblemente, Roosevelt —vestido en un traje de montar color khaki y enmarcado por un par de colmillos de elefante abisinio— leyó un discurso de aceptación escrito en un rollo de manuscrito. Cuando se calmaron los vítores, el teatro político prosiguió afuera, en el jardín. Mientras un reportero del New York Times observaba, Hiram Bingham se abrió camino entre el gentío para encarar al hombre más famoso de Estados Unidos. «Coronel Roosevelt, quiero decirle con mucha franqueza cuál es mi posición», declaró. «Cuando estuve en el Perú como representante de la National Geographic Society encontré mucho que no me gustó. Descubrí que ser ciudadano estadounidense no imponía respeto. Fuimos frecuentemente acusados de robar oro, y el decir que éramos miembros de la National Geographic Society no nos mereció mayor consideración. No tenían una buena opinión de los estadounidenses. Por ello decidí que había ocupaciones más agradables para un ciudadano estadounidense que explorar el Perú, y regresé a casa. Y cuando leí su discurso sobre la preparación y el americanismo, decidí que pese al aprecio 288

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