diagramas de los lugares que había excavado, además de dejar que los objetos se entremezclaran. Por tanto, debido a la forma desordenada en que fueron recolectados, los objetos de Vitcos —donde tanto Manco como su hijo Titu Cusi pasaron sus últimas horas— quedaron mudos. Bingham nunca estudió los objetos de Vitcos, lo cual confirmó las sospechas de los peruanos. Si el descubrimiento de Vitcos estuvo entre los mejores momentos de Bingham como explorador arqueológico, su excavación quizá haya sido el peor. Sepultados sin etiquetar en el sótano de Yale, los objetos de Vitcos se empolvarían y perderían todo significado. El imperio en el exilio de Manco no murió una sola vez, sino dos: esta vez ante torpes badilejos, no espadas. Aunque Bingham le echó la culpa al Perú, también se cuestionó la necesidad de que Yale extrajera objetos. «No puedo evitar desear que nunca hayamos intentado traer estas cosas, y que más bien nos hubiéramos contentado con dejarlas en la paz de las montañas», le escribió Bingham a su amigo, el presidente de la inglesa Peruvian Corporation, William Morkill474. El 25 de marzo de 1916, ante los miembros de la National Geographic Society en Washington, Hiram leyó su última ponencia sobre los incas 475 . Habló de Manco, de Túpac Amaru y de las supuestas vírgenes del sol. El Washington Times cubrió el evento; el Washington Post, más preocupado con la guerra en Europa, no. Una era de interés público en el estudio de pueblos indígenas en América que llegaba a su fin. Exploradores en todo el mundo postergaron sus esfuerzos de decodificar lenguas y encontrar ciudades perdidas y se alistaron en las filas de las fuerzas armadas de Alemania, Francia y el Reino Unido. En Centroamérica, Sylvanus Morley usó sus actividades arqueológicas como pantalla para espiar para la Oficina de Inteligencia Naval de Estados Unidos, dedicándose a buscar bases alemanas y sentimientos anti estadounidenses. Y en el mismo día en que Bingham leyó su ponencia, Ishi, el «último sobreviviente del hombre piel roja» —quien había emergido de la Sierra Nevada el mismo verano que Bingham había revelado Machu Picchu— murió de tuberculosis en un hospital de San Francisco. En un paralelo aún más dramático con la historia de Machu Picchu, los médicos que trataron a Ishi ignoraron las protestas de su amigo, el antropólogo Alfred Kroeber, y procedieron a cortar la parte superior de su cráneo y extraer su cerebro. Sintiéndose desgarrado, Kroeber envió el cerebro al «zar de los cráneos» de la 286
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