Las tumbas de Macchu Picchu

Ningún periódico estadounidense le dio cobertura a la versión de Valcárcel, pero Bingham temía que ya estuvieran circulando rumores, por lo que contempló llevar su campaña de desagravio a nivel nacional. Sin embargo, Gilbert Grosvenor, su editor en National Geographic, lo convenció de que no lo hiciera. Grosvenor había conversado recientemente con otro connotado explorador de Sudamérica, y este se había horrorizado del mero hecho de que Bingham hubiera regresado al Perú, considerando cómo este había difamado al país después del fiasco de la concesión de 1912. «Soy consciente de que los hechos están de tu parte, pero no puedes hacer que el público se dé cuenta de la justicia de tu posición», le escribió Grosvenor. «Te aconsejo que no hagas nada que le quite el lustre al brillo de tu descubrimiento de Machu Picchu. Este irá creciendo con cada año que pase» 465 . Bingham también se mordió la lengua porque todavía le quedaba un tema pendiente en el Perú. Cuando se marchó a fines de agosto, lo hizo sin los huesos y ceramios que Yale había recolectado en Patallacta y en el palacio de Manco en Vitcos. Eran 74 cajones cargados de dos toneladas de historia. Bingham originalmente había querido estudiarlos en el instituto semipermanente de Ollantaytambo, pero ahora que su carrera en el Perú había llegado a su fin, eran necesarios otros arreglos. «Ya que no espero poder trabajar más en Cusco quiero sacar todo lo posible», le escribió Bingham a Ellwood Erdis, que todavía estaba en Perú 466 . El problema era que el Ministerio de Educación del Perú se estaba esforzando por hacer cumplir los controles sobre la excavación y exportación. Aquel otoño, el gobierno ordenó que dos arqueólogos entregaran al Museo Nacional los objetos que habían extraído en sus excavaciones 467 . Desde agosto en adelante, Erdis esperó que los amigos empresariales de Bingham consiguieran permiso del gobierno para que Yale pudiera cuando menos llevar la colección a Lima para que fuera inspeccionada por el director del Museo Nacional. Obtenerlo demoró cuatro meses y medio, y en ese lapso Erdis empezó a sentir que Bingham se había fugado y que le había cargado el muerto, literal y figurativamente. Fue «el trabajo más difícil y desagradable de mi vida», se quejó después468. Cuando los objetos llegaron a Lima, sin embargo, el director del museo, Emilio Gutiérrez de Quintanilla, sí comprendió las implicancias de lo que veía. Para empezar, Yale parecía haber arrasado con el Cusco. Al igual que 284

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