Las excavaciones nunca fueron retomadas. Aunque el Instituto Histórico nombró a Valcárcel y Vega Enríquez, «el Inca», como monitores, el prefecto del Cusco nunca les pagó, y sin paga se rehusaron a trabajar, con lo cual efectivamente jaquearon las exploraciones de Yale. Exasperado, Bingham viajó al Cusco y se despidió. En su última noche en la ciudad, vio una puesta en escena de Ollantay, una obra teatral quechua sobre un general Inca que se enamoró de la hija del Inca Pachacútec. Los actores usaban machetes hechos en Estados Unidos y tocados que más parecían sioux que inca, pero estas pequeñas ironías no impidieron a Bingham archivar el programa, un suvenir del espectáculo en el que se había convertido su vida. Antes de partir del país, sin embargo, tuvo la oportunidad de reírse de sus acusadores. Bingham, Hardy y unos cuantos otros miembros de la expedición se marcharon del Cusco, pero no de los Andes. Pasaron una semana viajando al sur a Bolivia, y en el lago Titicaca descubrieron que Valcárcel y Vega Enríquez los habían seguido para investigar las acusaciones de contrabando. El dúo no había podido demostrar nada, y Valcárcel parecía lamentar el tono que habían tomado las acusaciones 457 . Pero cuando intentaron sumarse a los expedicionarios en un tour en bote por la Isla del Sol, que estaba cubierta de ruinas incaicas, el capitán los desembarcó junto con el resto de peruanos. «Se les veía avergonzados a ambos», escribió a casa triunfalmente el cirujano de la expedición458. Valcárcel y Vega Enríquez vieron a los estadounidenses zarpar a disfrutar del pasado incaico en formas que a ellos les eran negadas. Bingham tomó el tren a Mollendo y de ahí un buque a Lima, donde pasó una semana negociando su partida. Ya que la expedición seguía estando bajo investigación del gobierno peruano, era una situación demasiado delicada para el consulado estadounidense, que todavía sufría de las consecuencias de haber ayudado a Bingham en la búsqueda de derechos exclusivos en la arqueología peruana en 1912. Para asegurar su salida, el explorador hubo de buscar ayuda entre sus amigos de la comunidad empresarial británica. No se iría con las manos vacías, sin embargo. Una ironía de la mala fama que se hizo Bingham aquel año fue que anticuarios de todo el país le habían estado escribiendo para manifestarle su solidaridad… y ofrecerle sus colecciones 459 . Los peruanos claramente tenían diferentes pareceres respecto de estas nuevas prohibiciones a las excavaciones y exportaciones. 280
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