Las tumbas de Macchu Picchu

Bingham prefirió no contestar las cartas, pero una vez en Lima se sintió tan mortificado por el tratamiento recibido que decidió olvidarse de las precauciones y se reunió con un coleccionista que quería venderle una colección de ceramios Nazca. «Resultaron ser cosas muy buenas», escribió Hardy, siempre el fiel amanuense de Bingham, «y el director acordó comprarlo si el vendedor lo podía sacar sin problemas, y el tipo, de nombre Ribeyro, garantizó que ya que su hermano trabajaba en aduanas no habría dificultad alguna» 460 . Dado que el nombre de Bingham estaba bajo sospecha, Ribeyro se los envió a un ficticio «J. P. Simmons», en Nueva York. «Me parece una cosa extraña la que hago», Bingham le escribió después a un consignatario, aparentemente con poca o ninguna sensación de culpa, una vez que las piezas hubieron llegado a Nueva York, «consignarle los bienes a un personaje ficticio como J. P. Simmons, pero supongo que lo consideraron necesario bajo las circunstancias. La pregunta es, ¿cómo se supone que la Universidad de Yale deba posesionarse del envío, cuando ha sido consignado a J. P. Simmons?» El consignatario accedería, y los objetos fueron enviados por tren a New Haven. Bingham había gastado veinticinco mil dólares (por lo menos 480 000 actuales) en objetos para el museo de Yale que el Perú jamás podría documentar. Este sería su legado secreto, que persistiría mucho después de su muerte 461 . El 19 de agosto de 1915, Bingham y Hardy se abocaron a pasar la expedición por la aduana. Hardy estaba nervioso: «el superintendente me dio escalofríos cuando se preguntó si realmente debería revisarlo todo para ver si llevábamos antigüedades», escribió 462 . El buque partió de las aguas peruanas aquella noche. El diario de Hardy no revela si Bingham dio una última mirada atrás. 281

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