Las tumbas de Macchu Picchu

trabajo, lo haría. «Les puedo asegurar que nunca más serán perturbados por mí o por cualquiera de mis cajones»454. En su interior, Hardy vitoreaba. Le tocaba a Valcárcel. Le mortificó ver a los peruanos asentir durante el discurso de Bingham. Frente a las pruebas de que había violado la prohibición de excavar, se dejaron llevar por la retórica de Bingham y la aseveración —falsa— de que la expedición de Yale ya no estaba interesada en construir un museo. Valcárcel alguna vez había celebrado los esfuerzos de la expedición de Yale. Ahora estaba perturbado por la facilidad con que Bingham se había defendido aludiendo a su generosidad estadounidense y acusando al peruano de oportunismo. Su Instituto Histórico tan solo estaba intentando hacer que Bingham cumpla la ley peruana. Señaló que Yale hasta entonces no había cumplido el acuerdo de 1912 respecto de los objetos de Machu Picchu. ¿Por qué estaba la expedición de vuelta en el Cusco investigando más cuando Bingham todavía no había publicado una crónica académica del primer sitio? Era una crítica aguda pero, según Hardy, Valcárcel se fue agitando y emocionando, y su discurso concluyó sin pena ni gloria. Tomó asiento, exhausto. Los espectadores estaban irritados, preparándose para partir, cuando de una esquina del cuarto «se oyó una voz que parecía provenir del mítico túnel que une a Sacsahuaman con [la orden de] Santo Domingo [sic]»: era Daniel Alomía Robles, el paladín de la música incaica. Trastornó a los reunidos al revelar el motivo tras la investigación. Esta se había iniciado con el arqueólogo Julio C. Tello, que había dejado el Museo Nacional del Perú aquel año después de haber mortificado a los intelectuales blancos de la capital en una serie de debates en torno a la naturaleza de la historia peruana455. En febrero, Tello recibió la carta de Hiram Bingham que anunciaba el nuevo instituto arqueológico semipermanente de Yale, «donde estudiantes peruanos y extranjeros siempre serán bienvenidos» 456 . Inspirado por este mensaje o quizá simplemente por curiosidad, Tello intentó visitar el instituto en Ollantaytambo. Pero al llegar, el expedicionario que ahí estuvo —probablemente Hardy— no le permitió entrar, quizá dudando que alguien con un tono de piel tan oscuro como el de Tello pudiera ser arqueólogo. De cualquier forma, la expedición de Yale estaba excluyendo a los peruanos de su trabajo. Cuando Alomía Robles se enteró de la historia, así como de los rumores sobre las 278

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