señaló que cada tiesto estaba numerado y se tomó el trabajo de explicar el método científico que se aplicaría a su estudio. Pancorbo distraídamente dio la señal para que se abriera el siguiente cajón. Con un poco menos de expectativas, los soldados abrieron un segundo cajón, revelando una colección de huesos: «Una bastante pobre, por lo demás», se mofó Hardy. Los periodistas perdieron interés. Aunque resultaba claro que Yale estaba excavando, ellos también creían que tesoro contrabandeado era sinónimo de oro y plata. El Perú estaba en una crisis financiera y el descontento político cundía; quizá había mejores cosas a las cuales dedicar el tiempo que andar vigilando a un explorador extranjero. «El tercer acto, como en todo buen melodrama, produjo el clímax», escribió Hardy. El tercer cajón llevaba el rótulo «especiales». Después de que los soldados lo destaparan, Bingham metió la mano y con un ligero efecto sacó el embalaje para revelar una solitaria olla completa, una herramienta de bronce y un alfiler de hueso. Valcárcel enfatizó su importancia histórica, «pero se frustró cuando el director apeló al jurado, el cual acordó por unanimidad en la primera votación que la olla no valdría ni cincuenta céntimos en el Cusco», celebró Hardy. Valcárcel hizo su mejor esfuerzo, levantando los objetos para enfatizar su gran valor ante sus compatriotas, pero tuvo poco éxito. Estaba hablando como académico idealista y ferviente, pero Bingham se dirigía a los egos de hombres «civilizados» como Pancorbo, quienes se ganaban la vida con el esfuerzo de la mano de obra indígena y que creían que sus tiestos y huesos carecían de valor. Todos enfilaron al salón del prefecto, donde Bingham dio su alegato final. Había mucho más en juego que cuando debatió en el equipo de Yale como estudiante de pregrado. La culpabilidad y las dudas se habían despejado. Dio un resumen de toda su carrera como explorador. Hizo referencia a su experiencia en Venezuela cuando fue acusado de espionaje y declaró que los peruanos también parecían ser incapaces de creer que alguien gastaría dinero en la exploración sin buscar réditos financieros. Los abrumó con sus afiliaciones, desde la American Historical Association hasta la Royal Geographic Society de Londres. ¿Acaso podría un hombre como él súbitamente convertirse en un «criminal comerciante de tesoros incaicos»? Había excavado sin permiso ese año, era verdad, pero había tenido la intención de dejar todo en el país. Si el Perú quería que pusiera fin a su 277
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