Las tumbas de Macchu Picchu

Algunos soñaron con su tesoro. Los impíos cambiaron las espadas por palas y buscaron oro y plata en templos incaicos y montículos precolombinos de otras culturas. Una de las palabras más tristemente evocadoras que emergió de la colonización española del Perú fue huaquear, la transformación de la palabra quechua huaca —un lugar u objeto sagrado— en un verbo que significa desenterrar templos y tumbas en búsqueda de tesoro. Para algunos andinos nativos, sin embargo, el tesoro de los incas era un patrimonio, su herencia. En 1802, el naturalista y explorador prusiano Alexander von Humboldt visitó Cajamarca, donde los españoles ejecutaron al emperador Atahualpa. Ahí, se encontró con el hijo de diecisiete años del empobrecido cacique local, Astorpilca, que decía ser de ascendencia Inca, a pesar de las purgas de la década de 1780. El joven le dijo al prusiano que las ruinas del pueblo ocultaban un vasto tesoro de árboles y literas de oro que aguardaban el retorno de los incas; él y sus padres jamás buscarían estos tesoros, puesto que sería un pecado. Humboldt se conmovió: «Una idea muy difundida y creída firmemente por los nativos es que sería criminal excavar y apropiarse de tesoros que podrían haber pertenecido a los incas, y que tal proceder le traería calamidades a toda la raza peruana. Esta idea está cercanamente asociada a la de la restauración de la dinastía Inca, un acontecimiento que todavía es aguardado… Las naciones oprimidas siempre esperan con ansias el día de su emancipación y la restauración de las viejas formas de gobierno». El tesoro de los incas, real o no, les daba esperanzas respecto del futuro 16 . Otros idealizaban los restos físicos de los Incas, con la esperanza de que recuperarlos podría llevar a un retorno de su gobierno17. Cuando ejecutaron al primer Túpac Amaru, los españoles colocaron su cabeza en un poste en la plaza de Cusco por dos días, pero tuvieron que retirarla cuando se percataron de que los indios la adoraban como si estuviera viva. Desde ese momento emergió la historia de un héroe llamado el Inkarrí. Este «Inca Rey», hijo del sol, era semi divino hasta que los viracochas — barbados europeos— llegaron. Exterminaron al pueblo de Inkarrí, y después capturaron y decapitaron al señor mismo. En una versión de la historia, la cabeza fue enterrada pero empezó a crecerle un cuerpo. En otra versión, que se cuenta en las selvas al norte del Cusco hoy en día, los viracochas llevaron su cabeza a Lima, donde se volvió la fuente de la riqueza de los blancos. La cabeza de Inkarrí siguió hablando, sin embargo, le contaron dos niños indígenas a un antropólogo en la década de 1980. 26

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