«No se muere. La cabeza del Inca no se muere»18. Según la leyenda cristianizada, el retorno de la cabeza de Inkarrí, o la reformación de su cuerpo, desharía la conquista. «Existía la promesa de una resurrección al final de los tiempos», señala Flores Galindo 19 . El tercer centro del espíritu Inca, sin embargo, era mucho más tangible: Vilcabamba misma, el remoto cuartel selvático en la guerra de los incas por la independencia religiosa y política. Cuando los españoles llevaron a Túpac Amaru a su muerte en 1572, evacuaron la ciudad y reubicaron a sus vasallos en lugares más próximos al Cusco. Dado que nunca fue incluida en un mapa, Vilcabamba desapareció lentamente. Las aves llegaron primero, seguidas por las serpientes y otros animales, todos los cuales formaron sus nidos y guaridas. Las plazas se cubrieron de lianas y maleza. Los árboles tumbaron algunas paredes, pero sostuvieron otras, cubriendo la ciudad dormida con un verde dosel. La última ciudad de los incas se convirtió en la ciudad perdida de los incas, su ubicación conocida solo para sus antiguos aliados, los «salvajes» pueblos selváticos. A tal punto llegó la pérdida del rastro de Vilcabamba por parte del Perú «civilizado», que para 1768 un geógrafo, Cosme Bueno, reportó que «ha quedado solo la memoria del retiro del último Inca»20. No obstante, aparecieron historias de sociedades incaicas ocultas, vivas, pero perdidas en la selva. Durante los casi 150 años posteriores a las escrituras de Bueno, durante los cuales el Perú obtuvo su independencia pero les fue recortando aún más derechos a sus indios, las serpientes de Vilcabamba durmieron. La ciudad ardía lentamente en la memoria, ni muerta ni viva, su significado cada vez más alucinante. ¿Acaso había sido un lugar de riqueza imperial y tesoros perdidos? ¿O un lugar de lucha, un símbolo de resistencia indígena? ¿Qué había pasado antes de la ejecución de Túpac Amaru? ¿Por qué se había rebelado Manco y qué llevó a su imperio a la ruina? En 1911, un descubrimiento casual atizó sus fuegos nuevamente y las respuestas empezaron a surgir. Las serpientes despertaron y empezó una conflagración de nuevo cuño. Esta vez, no sería entre europeos e incas sino entre gentes de las diferentes partes de América: norte y sur. Esta vez, el tesoro no sería el oro y la plata, sino algo mucho más potente: los restos físicos de los incas, los cuales eran reclamados por un hombre joven, que se parecía al joven soldado y heredero de los jesuitas Martín García de Loyola, pero que en este caso más bien admiraba a los incas rebeldes. Su nombre era Hiram Bingham, y había nacido en Honolulu. 27
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