Las tumbas de Macchu Picchu

depresión mental», le escribió a un colega. Pasó días en cama, con retortijos de angustia 452 . Después de dos semanas de agonía para Bingham, el prefecto del Cusco anunció en los periódicos de la ciudad que habría una audiencia el 1º de julio. En parte pesquisa, en parte teatro, el prefecto y el fiscal oirían las acusaciones de Valcárcel, la defensa de Bingham, y abrirían los cajones de la expedición para determinar la verdad hasta donde fuera posible. No era un juicio como en Estados Unidos, pero era lo más cercano que la expedición podría obtener. Específicamente, determinaría si Yale había violado las órdenes ejecutivas referidas a las excavaciones y que prohibían la exportación. Pero en el fondo había preguntas que iban más allá de la ley: ¿Había actuado Yale de buena o mala fe? ¿Había abierto una ventana a la historia inca o la había ocultado tras puertas cerradas? El día de la pesquisa, justo antes de las tres de la tarde, Bingham y Hardy salieron del Hotel Central en sus mejores trajes. Agacharon las cabezas para protegerse del fío y pasaron frente a la casa del gran cronista Inca Garcilaso de la Vega sin prestarle atención alguna. Se quitaron los sombreros y entraron a la prefectura y su porche decorado con arcos. Los cajones de madera yacían en el pórtico interno, con los participantes de la pesquisa parados alrededor de ellos. Además de Bingham, Hardy y el prefecto, estaban presentes Valcárcel, «el Inca» Vega Enríquez, el rector norteamericano de la Universidad del Cusco, Albert Giesecke, el alcalde del Cusco y el fiscal, quien no era otro que Pancorbo, el cruel terrateniente y cauchero que no pudo impedir que Bingham viera Espíritu Pampa y a sus residentes indígenas. Apenas llegaron los reporteros se dio inicio a la función. El prefecto dio la señal, y dos soldados armados de destornilladores abrieron el primer cajón. Por un momento todos aguantaron la respiración, y un soldado empezó a sacar el papel de embalaje, revelando un cargamento de fragmentos de cerámica. Valcárcel dio «una exclamación de alegría» y se abalanzó sobre el cajón, extrayendo un tiesto para mostrárselo al público. Era la prueba de que Yale había estado excavando sin permiso del gobierno 453 . Pero esto no causó mayor impresión en las autoridades peruanas. Se habían criado creyendo que «tesoro» significaba más que tiestos: oro y plata o, por lo menos, ceramios enteros. Bingham debía estar loco si creía que podría ganar dinero con objetos como estos. Bingham intervino, y 276

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