campesinos indios del Perú se estaban movilizando contra los terratenientes intrusos que intentaban arrebatarles sus tierras; la resistencia a Bingham podría haber sido parte de la furia que iba en aumento 449 . Valcárcel refutó la acusación de que Yale había excavado en Machu Picchu ese año, pero se reafirmó en que habían excavado en otras partes sin permiso ni supervisión 450 . Todo el trabajo que había hecho hasta ese momento estaba siendo sometido a prueba: ¿se harían responsables él y sus compatriotas de sus monumentos históricos y lograrían impedir que los extranjeros excaven sin supervisión bajo la presunción de que las élites de Lima se harían de la vista gorda? Respetaba a Bingham, pero también creía que este estaba usando sus descubrimientos como un cheque en blanco para encubrir sus errores, tanto mayores como menores. Como residente del Cusco, como crítico de la influencia norteamericana en Lima y el Perú y como un académico preocupado que creía que Yale había faltado a la confianza del Perú, se interpondría en el camino de Yale. Bingham se fue percatando de la seriedad de la situación. Hasta que se abrieran los cajones de la expedición y se nombrara un supervisor, era «un semi-prisionero en el Cusco», imposibilitado de explorar o de limpiar su nombre451. Se sentía furioso, nervioso y moralmente superior a sus acusadores. Aunque él mismo fuera inocente de cualquier transgresión, la expedición sí había esquivado e incluso quebrado la ley peruana. Habían excavado sin permiso, y si los peruanos descubrían evidencia de su colección secreta del año anterior, sus expediciones podrían acabar para siempre. Bingham podría ser expulsado del Perú o podrían pasarle cosas aún peores. Inmerso en esta especie de limbo, quizá recordó su década como explorador. Había seguido los pasos de Simón Bolívar, cruzado dos veces los Andes y cabalgado en la última montura de Butch y Sundance. Había descubierto Machu Picchu, sobre la que había llegado a creer que era la cuna y el sepulcro del más grande imperio indígena de América. Sin embargo, a pesar de todos estos logros, si se sabía en Estados Unidos que era visto en el Perú como un contrabandista, su reputación se vería arruinada. La controversia de 1912 en torno al «monopolio» de Yale ya le había hecho bastante mella, y esta vez no había un gran descubrimiento que pudiera distraer a sus detractores: el camino inca a Machu Picchu no era suficiente, ni había realmente demostrado que Machu Picchu era Vilcabamba la Vieja. Empezó «a sufrir de una considerable cantidad de 275
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