Las tumbas de Macchu Picchu

mientras se alejaba, dejándola atrás entre las nubes de una temporada seca inusitadamente lluviosa. Mientras cabalgaba, quizá intentaba evitar pensar en qué podría pasar si el Instituto Histórico ampliaba sus investigaciones y descubría los objetos que Alvistur y Erdis habían exportado el año anterior. «La vida: algunas la llaman suerte», escribió en la tapa de su cuaderno, como una oración 443 . La lluvia golpeaba las ventanas del hotel Central en Cusco. Dentro, Bingham revisaba los titulares recientes, preocupado por la gravedad de la situación. El Sol alegaba que el Instituto Histórico había «demostrado» la veracidad de las acusaciones contra Yale444. Los rumores en el Cusco eran peores: en Machu Picchu, Yale supuestamente habría utilizado una pala mecánica usada en las obras estadounidenses del Canal de Panamá para extraer oro inca avaluado en entre quinientos mil y cinco millones de dólares, el cual después habría sido contrabandeado por Bolivia en más de quinientos cajones 445 . En público, Bingham decía que las acusaciones eran una cacería de brujas y que buscaban desprestigiar al gobierno conservador en Lima. Declaró que el objetivo de la expedición era puramente científico; que Yale y National Geographic habían gastado mucho más de lo que podrían recuperar traficando antigüedades; que sus artículos sobre Machu Picchu habían hecho famoso al Perú en 400 000 hogares estadounidenses 446 . Sus aliados en Lima siguieron su ejemplo, defendiendo la causa del progreso científico. Pero, sugiriendo que el gobierno del Perú no apoyaba a Yale tanto como decía Bingham, el presidente de la inglesa Peruvian Corporation sintió la necesidad de decirle a los funcionarios de Lima «en el inglés más sencillo posible, que lo que había ocurrido era una desgracia para cualquier país que se pretendiera civilizado, y que si no querían aparecer ante el mundo como unos salvajes», deberían nombrar a un monitor que absuelva a Yale de las acusaciones y que permita que la expedición siguiera trabajando 447 . El Perú no era una posesión colonial, sin embargo, y era difícil intimidar a su gobierno. Los rumores incluso llegaron a Vitcos, donde Erdis estaba terminando sus excavaciones. Había «mucha animadversión contra H.B.» entre los peruanos indígenas que vivían a la sombra del palacio de Manco; hasta los amigos de la expedición creían que esta estaba «sacando tesoros, pero que [era] demasiado astuta como para dejarse atrapar»448. Los 274

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