único país civilizado del mundo en el que no haya antigüedades peruanas»434. Luis Valcárcel decidió investigar la veracidad de los rumores. Había fundado el Instituto Histórico del Cusco en 1913 precisamente con ese propósito: proteger los monumentos de la región de las excavaciones ilícitas y del contrabando. El ser director del Instituto le había dado influencia en la creciente comunidad arqueológica del Perú. Pese a que Valcárcel le había concedido a Bingham la membresía honoraria a su sociedad tan solo dos meses atrás, también editaba El Sol, que había publicado muchas de las acusaciones contra la expedición. Le tenía simpatía a Bingham —Valcárcel no se hacía problemas con reconocerlo como el «descubridor» de Machu Picchu— y parecía tener dudas respecto de los primeros rumores 435 . Sin embargo, también era un hombre joven, serio y tan ambicioso como Bingham. Si Yale estaba excavando, la ley peruana indicaba que debía ser supervisado. Si su Instituto Histórico investigaba, quizá podría trabajar con Bingham, actuando como árbitro entre la prestigiosa institución norteamericana y los campesinos del Cusco, y separando los rumores de la verdad. Partió el 10 de junio con tres miembros del Instituto —todos mayores que él—, entre los cuales estaban un sacerdote jesuita y el doctor Ángel Vega Enríquez, el muy respetado defensor de los derechos indígenas, quien insinuaba que era descendiente de la nobleza incaica436. En los pueblos de Urubamba y Ollantaytambo, las denuncias se volvían cada vez más sensacionales: la expedición habría contrabandeado doscientos cajones llenos de túnicas con soles dorados de Machu Picchu, aros de oro, cántaros de oro y momias llenas de oro. Pero también había algo de verdad: aunque la expedición le pagaba a sus trabajadores salarios relativamente altos, sus escoltas militares presionaban a los indios para que intercambiaran objetos arqueológicos por cuentas, espejos y pitos. Tal como Bingham descubrió antes que ellos, Valcárcel y sus colegas se percataron de por qué la venta forzada de objetos podría perturbar a los lugareños. Una noche, Valcárcel le pidió a un agricultor indígena que le contara lo que pudiera sobre los incas. «Sí pues, señor», respondió el indio, «son nuestros antepasados». Procedió entonces a contar la historia de los últimos incas del Cusco, de cómo habían huido a través del Urubamba por las cimas de las montañas, convirtiendo las piedras en panes a medida que avanzaban. «¿Y hacia dónde se dirigían?», preguntó Valcárcel. «Hacia 271
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