Fuentes, Álvarez y sus familias seguían en las ruinas, pero las fotos que tomó Bingham dan la impresión de que nadie estaba cultivando. Richarte y su familia se habían mudado cuesta abajo, al río429. Las autoridades habían nombrado a Richarte como el guardián del sitio, y el dinero que el Estado le daba le había cambiado la vida430. Tal como Yale le había demostrado, la arqueología era un gran negocio. Al confirmar que Manco pudo haber huido fácilmente a Machu Picchu desde el Cusco, Bingham se abocó a demostrar que las ruinas estaban conectadas con Vitcos, el palacio blanco de Manco, y que por tanto también podría ser Vilcabamba la Vieja. Él y Hardy partieron el 27 de mayo y empezaron el largo y frío viaje alrededor del glacial pico del nevado Salcantay. Amanecían con el agua de sus baldes congelada, entraron y salieron de valles, y se abrieron paso a través de bosques a 4900 metros de altura. Eran «paisajes nuevos y maravillosos», pero no brindaron ninguna confirmación de que Machu Picchu era también la tumba de los incas, por más que Bingham intentara forzar la evidencia. Bingham juró que el guía se refirió a un lago conocido por el nombre de Yanaccocha como Ungacacha, el nombre del cenagoso lugar en cuyo lodo resbalaron los misioneros españoles cuando iban en camino a Vilcabamba la Vieja. Bingham estaba tan desesperado por que Machu Picchu fuera Vilcabamba la Vieja que concluyó que los frailes se habían equivocado de nombre al igual que él y que su ciénaga era en realidad Yanaccocha. Al llegar al pueblo de Puquiura el 5 de junio, Bingham creyó que finalmente había completado la tarea que se había propuesto en 1911: encontrar las últimas ciudades de Manco. Se sintió renovado. A diferencia de su última visita a Puquiura, no había viruela y el clima era bueno. Subió a caballo a Vitcos, el primer palacio en el exilio de Manco, a donde había enviado a Erdis a excavar con la esperanza de que los saqueadores hubieran dejado un poco para Yale. Erdis encontró el usual surtido de objetos incaicos, cuchillos y alfileres de bronce —que cabrían en diecinueve cajas—; pero la gran sorpresa fue el descubrimiento de objetos españoles junto a los incaicos: clavos de hierro, pedazos de herraduras, tijeras, alfileres de cobre, ganchos de hierro, un botón de bronce, un pequeño palo de cera roja para sellar, un tazón de una rústica pipa cerámica marrón, e incluso tres arpas judías. «¿Quién podría haberse imaginado semejantes cosas?» se preguntó Erdis en su diario431. O los españoles habían habitado el cerro después de la caída de los incas o eran 267
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