Las tumbas de Macchu Picchu

expedición tomó el camino de la izquierda, el cual ascendía a otro conjunto de ruinas con forma de fortaleza, ubicadas en una abrupta cresta. Estas, que después serían conocidas como Sayacmarca, estaban definidas por un curioso edificio con nueve ventanas y forma de herradura. Una solitaria escalinata controlaba el acceso al sitio y al camino que la cruzaba. Bingham se imaginaba a los incas arrojando a los invasores a las agudas piedras cuesta abajo. Después de una húmeda noche, siguieron camino. Los indios abrieron camino a machetazos a través del enmalezado sendero y colocaron puentes cuando fue necesario. Cruzaron con cuidado un túnel que los incas habían abierto en la piedra. Al otro lado, Bingham pudo divisar «el gran cañón del Urubamba… y a la distancia el familiar perfil de la montaña de Machu Picchu. Pero, oh, ¡cuánto más abajo de nosotros!» «Estábamos en el camino correcto», le escribió con júbilo el explorador a su esposa. «Con solo seguir la cresta —y podíamos ver la línea del sendero— llegaríamos eventualmente a Machu Picchu. ¡Pero qué era esto que teníamos delante! Primero un cerro de cima aplanada y bordeado por un fino muro, y por debajo de él, en una verde y apartada hondonada, hermosas terrazas y las ruinas de una serie de casas de baño: un portal de piedra finamente tallado y unas casas bajo una densa jungla. Después nos enteramos de que se llamaba Ccorihuayrachina o “el lugar donde se lava el oro”. Fue una sorpresa absoluta». Al lado de las fuentes había una enorme piedra, ligeramente tallada y rodeada por un pantano, muy parecida al santuario de Yurak Rumi y su piedra blanca. Bingham estaba seguro de que estaban cerca. Siguieron el viejo camino inca por la cresta hasta que Machu Picchu mismo se les presentó en una vista no apta para cardiacos. Con la ayuda y consejos de Charaja y los residentes de la región, Bingham fue el primer extranjero en explorar el ahora famoso camino inca a Machu Picchu y el primero en documentar las hermosas ruinas ubicadas a lo largo de su recorrido. Tal como han señalado académicos posteriores, había algo casi ritual en la manera en que el camino iba revelando lentamente a Machu Picchu, como si los cuatro días de caminata por pasos y valles aislados brindaran la tranquilidad de mente y preparación espiritual que el río Urubamba no permitía y que Machu Picchu requería. Al día siguiente, el 13 de mayo de 1915, «subí al viejo y querido Machu Picchu» y «casi lloré al ver cómo la selva y maleza se habían vuelto a apoderar de él. La vegetación en la plaza sagrada era tan densa que tuvimos que abrirnos paso con el machete» 428 . No lo había visto en dos años y medio. Era un lugar más silencioso de lo que había sido antes: 266

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