grito. Fotografiaron a Erdis parado entre su botín, cráneos apilados a sus pies, sus brazos llenos de huesos. De otra cueva, Bingham obtuvo veinte cráneos y los miembros de una docena de momias. Había habido más, pero sus trabajadores indígenas habían quemado los envoltorios de las momias para matar a los murciélagos de la cueva antes de que él llegara. Bingham se ató un pañuelo para cubrirse la boca, se arrastró para adentro y salvó lo que pudo, evitando las alas muertas que cubrían el suelo. «Fue un trabajo sucio, pero al final sacamos un buen botín», escribió a casa, «suficiente como para mantener a [George Eaton] ocupado por un buen tiempo, si quiere venir para acá. ¿Querrá? Los huesos y momias están ahora todos acá, reposando cómodamente en el cuarto arqueológico. ¡Oh, si tan solo hubiéramos llegado antes de la fogata!» 427 . Bingham, Osgood Hardy y Charaja —el descubridor de los objetos de Inca Churisca— se despidieron de Erdis el 6 de mayo y siguieron camino a las montañas, con la esperanza de que el sendero los conduciría a Machu Picchu, como Charaja sospechaba. Desde las alturas, Bingham podía ver que las pendientes del cañón estaban cubiertas de terrazas, evidencia de que el Urubamba alguna vez albergó a una gran población. Acamparon una noche junto a un arroyo ensordecedor y después se abrieron camino a machetazos por el sendero abandonado. Se arañaron las caras con los árboles y arbustos hasta que emergieron del bosque a un viejo camino incaico pavimentado con piedras pulidas. Este se elevó cada vez más, hasta que llegaron a un paso entre dos cumbres a 4230 metros de altura que después sería conocido como Warmiwañusca, o Paso de la Muerta. Tras cruzarlo, el panorama los dejó en éxtasis. Caían cascadas a un valle profundo y silencioso, lleno de raros venados grises, y dos caminos incaicos ascendían por las montañas al otro lado. Acamparon aquella noche en una pequeña pero fascinante ruina incaica «de forma circular, con dos grandes casas semicirculares, un estrecho pasaje de entrada que daba a la ladera del cerro, hoyos de cerrojo y un pequeño patio circular, todo rodeado por una pared baja con vista al valle». Según los indios que habían recorrido estos caminos durante años, se llamaba Runcu Raccay. Bingham especulaba que era un tambo fortificado en el antiguo camino a Machu Picchu. «Armamos nuestra carpa en el patio y disfrutamos de la hermosa vista, como lo hicieron los incas antes que nosotros». Al día siguiente, el sendero los condujo a «dos bonitas lagunas en las nubes» y a un paso enmarcado por los nevados picos del Vilcabamba. Después de una bajada de 300 metros, el camino se bifurcó otra vez. La 265
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