Las tumbas de Macchu Picchu

puesto sobre una mula y llevado a un patíbulo cubierto de telas negras en la plaza central del Cusco. Sus parientes y ex súbditos llenaron las calles y los balcones, llorando y sollozando. Cuando el emperador caído ascendió al cadalso, levantó la mano y el silencio se apoderó de la plaza antes de que hiciera su última declaración. Hablando en quechua, la lengua imperial de los incas, le anunció a su pueblo que se había convertido al cristianismo: «[T]odo lo que hasta aquí os hemos dicho yo y los incas mis antepasados, que adorásedes al Sol, Punchao, y a las guacas, ídolos, piedras, ríos, montes y vilcas, es todo falsedad y mentira. Y cuando os decíamos que entrábamos a hablar al Sol, y que él decía que hiciésedes lo que nosotros os decíamos y que hablaba, es mentira; porque no hablaba, sino nosotros, porque es un pedazo de oro y no puede hablar» 10 . Los españoles habían quebrado la fe que tenía en su deidad; o quizá al final simplemente memorizó un guion para salvar a su gente. Puso su cabeza en el tajo del verdugo. Un verdugo indígena tomó su cabello con una mano, decapitó al Inca con un machete y levantó hacia el cielo la cabeza decapitada de Túpac Amaru. La dinastía independiente de Vilcabamba había llegado a su fin. Su tesoro fue repartido; según la ley española del quinto real, la quinta parte del tesoro se reservó para la corte de Felipe II. El ícono dorado del sol, el punchao, desapareció en Europa. La catedral del Cusco fue construida sobre uno de los más grandes palacios de los incas, y el priorato de los dominicos lo fue sobre el antiguo templo del sol. Toledo intentó diluir las propiedades y fortunas de los incas casando a las hijas de los señores incas con españoles, y secretamente quemó las momias de Manco Inca y Titu Cusi. Los incas, ahora súbditos de la Corona española, fueron sometidos a duras leyes tributarias. Murieron bajo regímenes durísimos en las minas y haciendas. Mientras el rey de España recibió un quinto de la riqueza de los incas, los académicos estiman que para inicios del siglo XVIII la población andina se había reducido a la quinta parte, debido a la violencia, las enfermedades, la desnutrición y la explotación11. Muchos españoles vieron y lamentaron el abuso, pero era difícil desviar el cauce de políticas y presunciones sociales que causaron el desastre. Pese a estas calamidades, la nobleza incaica sobrevivió, y en algunos pocos casos pudo prosperar por medio de alianzas con españoles receptivos. Los parientes de Manco reclamaban tierras y tributos e hicieron 24

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